Lunes 12 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Muerte de un disidente

Lado b

— Luis Aceituno
Más noticias que te pueden interesar

Para los lectores actuales guatemaltecos, el nombre de Juan Goytisolo posiblemente no les diga mayor cosa. Mucho menos los de sus hermanos Luis y José Agustín, escritores que marcaron una época convulsa y tormentosa de las letras españolas. Sus libros se leían con pasión allá por los años setenta y para mí tuvieron un carácter iniciático, lecturas de adolescencia, es decir fervorosas. Tenían casi todos ellos el hálito de lo prohibido, de lo subversivo, en aquella época en que la literatura aún tenía el poder de hacer temblar a los dictadores. Leer a los Goytisolo era contribuir un poquito a que se desmoronara Francisco Franco, su régimen y especie, era vengar de cierta manera las muertes de Miguel Hernández y de Federico García Lorca.

Creo haber llegado a ellos a través de la revista Reseña, una de las publicaciones culturales más contestatarias que se publicaron en España en las postrimerías de la dictadura franquista. Curioso, pero era una revista de filiación católica que recibían los curas del colegio. En todo caso, sus páginas para mí fueron definitivas y me enseñaron mucho de cine y de literatura. Ahí me relacioné con esta singular familia catalana en donde casi todos eran escritores: los hermanos, la madre, la tía (Consuelo Gay, autora de Poetas muertas, una mujer que pudo ser una de las voces más relevantes de la generación del veintisiete, pero con un destino trágico y una obra que estuvo sepultada hasta muy recientemente), un abuelo y hasta una tatarabuela que también estuvo tocada por “la gracia o la insania de la escritura”.

Debido a una formación literaria bastante desordenada, yo me identifiqué sobre todo con la figura de Juan Goytisolo, muerto la semana pasada, cuya obra siempre ha representado para mí, desde la adolescencia, una lección de disidencia –intelectual, política, vital…–. Un escritor que me ha acompañado en mis diferentes exilios, el interior y el exterior, que me ha ayudado a resistir y me ha guiado por paisajes geográficos y existenciales. Las lecciones de desenraizamiento de Señas de identidad, Don Julián o Juan sin tierra, los vagabundeos de Coto cerrado o En los reinos de Taifa fueron para mí definitivos.

El vagabundeo es un arte que Juan Goytisolo, de la mano de Baudelaire y Walter Benjamin, llevó casi a la perfección. Se lo enseñó de muy joven, a su llegada a París huyendo del franquismo, Guy Debord. Este guía supremo del situacionismo lo convirtió en su interlocutor y acompañante en sus paseos y exploraciones por los barrios obreros y multiculturales (ahí donde se estaba gestando el mundo del futuro), que buscaban trazar otro mapa parisino: Menilmontant, Barbes, Belleville, Aubervilliers… lugares drásticamente alejados de la tarjeta postal, en donde se respiraba la vida verdadera, como la quería Rimbaud. Muchos años después, yo también vagué sin dirección por esos lugares hasta impregnarme de ese nuevo orden de las cosas que pregonaba Debord. La compañía de Goytisolo en esos pasajes hacia lo desconocido fue vital.

Le debo también a Juan Goytisolo, casi todo lo que sé sobre el mundo islámico, por medio de una serie de imperdibles documentales que realizó en los años ochenta para la Televisión Española (Alquibla). Por él llegué a la música Raï y a sus figuras emblemáticas, como Cheikha Rimitti o Chab Khaled, en un momento en donde estos eran absolutamente desconocidos. Por eso, y por sus libros y su guía, espero que se encuentre muy bien, ahí donde esté.

Etiquetas: