Lunes 24 DE Junio DE 2019
La Columna

Luis de Lión

Viaje al centro de los libros

Fecha de publicación: 13-06-17
Por: Méndez Vides

 Luis de Lión navegó su infancia en calles de tierra, recargándose por ratos en la famosa pila de la cuchilla, rodeado de amigos, viendo pasar los buses repletos de gente dirigiéndose a las faldas del Volcán de Agua, en busca de la media luna donde se levanta Santa María de Jesús. En la noche, las luces se le aparecían como luciérnagas, velas que parpadeaban y se encendían en el interior de las casas donde no existía la energía eléctrica, sino apenas un poste frente al Palacio Municipal cubierto de una nube de ronrones que lo eclipsaban.

El poeta creció rodeado de niños con los mocos de fuera, jugando en la plaza de su pueblo con una pelota de trapo, descalzos, entretenidos e ingenuos. Los habitantes fueron el paisaje que el escritor descubrió asombrado, sus protagonistas futuros, los rostros similares y anónimos que se agarran a la tierra con las uñas y tratan de burlar al destino signado: “niños que juegan en la calle con sus trompos, con sus cincos, con sus pelotas de trapo, que juegan desconecta, que todavía se orinan en sus pantalones, que no saben ni limpiarse los mocos”. Pero él tenía la vena del mundo abierta ante los ojos, y se apartaba como mil lustros del resto de sus contemporáneos. Sentado en la orilla del muro de contención que separa la plaza del templo de la carretera polvosa, se maravillaba por la vista de las cúpulas de los templos de La Antigua. No necesitaba más. Y de esa manera única y auténtica que solo llega a unos pocos iluminados en la tierra, de Lión recibió el don de la Literatura y creó una obra singular, profundizando con mano rústica en la vida rural y aldeana que es al mismo tiempo espacial. Él sí cumplió con aquello de si describes bien a tu pueblo serás universal, como autor de El tiempo principia en Xibalbá, una novela diferente, que se sale de las referencias occidentales, porque lo que inspira es una sensibilidad diferente, de mente brillante y lúcida que cuando escribe hace arte. La novela de Luis de Lión y las pinturas de Tún, componen lo más asombroso nuestro de finales del siglo XX. A los dos les tocó desaparecer de manera lamentable, pero no murieron, porque quedaron vivos en su obra. En estos días se conmemora a Luis de Lión, y yo me sumo con total admiración. Su novela la he leído al menos una docena de veces y en cada oportunidad la descubro diferente, encuentro un nuevo ángulo, me someto a otro ensueño. Es una obra afortunada, de culto.