Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Comer bien

buscando a syd

— Maurice Echeverría
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Y comer mal. Lo mío es ingerir consuetudinariamente bombas de glucosa y sucios carbohidratos. Han sido tan innobles los atracones, tan dionisiacas las embauladas, tan senatoriales los embuches.

Según mi lógica torcida y columbrada, como no puedo darle rienda suelta a otros tipos de neurosis, que es lo que en el fondo y seguramente me gustaría, entonces tengo el derecho a envenenarme con lo que como, y con lo que sea. Realmente podría decir que yo me harto mis problemas.

Pero no hay tal cosa como un paraíso péptico. Últimamente, he puesto un poquito de atención a mis hábitos nutricionales. No, no es por verme como muchachita, no es para que me quede la lencería sexi. La figura a mí me la suda por completo. Las razones son extra-estéticas y más salutíferas que eso.

Una de ellas tiene que ver con desintoxicar lo que está claramente intoxicado. Nuestros alimentos ya vienen sin nutrientes y como muy acancerados. A puras hormonas y preservantes y pesticidas nos tienen funcionando, esos malditos. ¿Ustedes recuerdan lo que era una manzana antes y lo que es una manzana hoy? Hoy es veneno. Así pues, nuestros cuerpos se sienten enfermos, incompletos, derrotados, porque son los laboratorios y fosas sépticas de la industria alimenticia. No me extrañaría nada que un día las uñas se nos caigan, mientras nos damos un baño, o que nos salga un ojo mutante en la axila, lo cual, dada nuestra actual ingesta, sería muy normal.

Ni siquiera es de explicarlo mucho: con un poco que se rectifique la dieta, uno siente ya los resultados. Es así de milagroso. Pasa que comer bien es un brete y una profesión. Y yo no soy exactamente uno de esos seres aureolados y vestales y gnósticos que a buen seguro leen las etiquetas del producto y premeditan el menú en los pasillos del súper. Mi mujer sí, gracias a Dios, y si no por fuera por ella es que yo no llego ni a octubre.

Otra cosa es que vivimos en una cultura que no solo no privilegia lo orgánico, sino que por el contrario pretende alimentar a las poblaciones con chancropanes de carretilla, Tortrix y orina embotellada. Si me lo preguntan, es una cultura prevaricadora y criminal. Y alguien tiene que decir algo al respecto.

Por supuesto, así como comer mal y mucho es una obsesión rabiosa, también ha de serlo, y lo es, y lo ha sido por mucho tiempo, comer bien y comer menos. A veces viene todo junto, como es el caso de esas chupadas criaturas que devoran y vomitan, y entre ambos movimientos antitéticos, se cortan delicadamente las venas, produciendo y pringando un Pollock estratificado de bilis y sangre en la alfombra de su cuarto rosadito, que los padres descubren con horror al día siguiente, junto a la bulímica mellada y sin vida.

En lo que a mí respecta, mis respetables, no quiero que comer bien se convierta en un nuevo problema, una nueva pesadumbre, una nueva asfixia, una nueva obsesión, un nuevo integrismo de mi propia personalidad.

Pero definitivamente quiero comer mejor.

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