Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Primeros años de don Manuel

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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Manuel Estrada Cabrera (Quetzaltenango, 21 de noviembre 1857; Guatemala, 24 de septiembre de 1924) fue Presidente de Guatemala por espacio de 22 años, desde febrero de 1898 a abril de 1920. Gobernó al país y a sus habitantes como si le pertenecieran, de manera déspota, cruel y dictatorial.

Le llamaban “El Señor Presidente”, “Su Excelencia”, “Benemérito de la Patria” y demás apelativos que alimentaban su ego y espíritu perturbado.

Quienes lo conocieron, lo describían como una persona reservada, resentida y cruel, fanático de los ritos y ceremonias religiosas católicas (como procesiones y rezados), también de los rituales ancestrales indígenas de su natal Quetzaltenango, que practicaba su madre.

Allegados al mandatario aseguraban haber visto entrar a su casa particular de la Palma en la ciudad capital a chamanes y agoreros indígenas, quienes entre ritos y bailes tenían la función de  predecirle  el  futuro o señalarle a sus enemigos políticos.

Creía en las ciencias ocultas y en la cábala, tan de moda entonces en Quetzaltenango.

Fue un niño solitario.  Aprendió desde temprano a ocultar su origen. Su padre era un religioso monástico que decidió retirarse de los asuntos de la Iglesia cuando él nació. Nunca lo reconoció como hijo y fue su madre, doña Joaquina Cabrera, quien le dio al recién nacido su apellido y amor incondicional,

Estrada Cabrera fue un niño aventajado en los estudios, sensible para las artes manuales y para la caligrafía, materia en que siempre destacó.  Sin embargo, sufrió de  acoso escolar debido a que sus compañeros de escuela le gritaban “bolitero”, pues su madre le daba  a vender en el colegio las bolitas de miel de abeja empacaditas en tusa que ella preparaba, a la hora del recreo. El pequeño dejaba el canasto lleno de dulces en el suelo y respondía con golpes de  puño cerrado a sus compañeros, lleno de resentimiento y rabia

Doña Joaquina se ganaba la vida confeccionando dulces y frutas encurtidas, que vendía  de puerta en puerta en las casas acomodadas de Quetzaltenango. Fue en ese entonces, cuando el niño Manuel fue testigo de un suceso que le provocaría gran dolor e indignación.  En aquel tiempo era usual que las vendedoras de dulces, verduras y chocolate pasaran adelante en las casas con su canasto de abastos y, muchas veces recibían de cortesía una taza de chocolate batido o un vasito con agua en la cocina de la casa.  Doña Joaquina acudió a dejar un pedido a la casa de la familia Aparicio, y luego señalada y acusada de robo de un lote de cubiertos de plata. En una escena imaginada, vemos al niño con los ojos abiertos, impotente, en el  momento en que los guardias se llevan a su madre a bartolina.

Los cubiertos aparecieron más adelante, y doña Joaquina fue liberada, pero el mal sabor en la boca por la injusticia cometida a su madre, fermentaría el resentimiento de quien años después sería nombrado Presidente Vitalicio del país.

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