Sábado 20 DE Octubre DE 2018
La Columna

Gabriel García Márquez

Viaje al centro de los libros

— Méndez Vides
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García Márquez escribió Cien años de soledad como una novela accesible, sencilla y asombrosa. En dichos atributos reside su secreto, porque el narrador cuenta la historia de una manera agradable, como se comparten las grandes noticias o los chismes. Desde sus primeras obras, Gabriel García Márquez fue practicando la descripción del clima, color y paisaje humano de los protagonistas, hasta cuando hizo trascender su idea en una novela que destaca la presencia de lo sublime en los asuntos pequeños de la vida pasajera. Al inicio, el escritor nos presenta al condenado coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, en el instante cuando transcurre ante sus ojos el pasado, recordando la vez cuando su padre lo llevó a conocer el hielo, ese otro gran misterio, como la muerte. Lo anuncia y se desvía a la casa en Macondo, a la familia, a los delirios de ilusión, a la búsqueda inagotable de inventos, hasta cuando al final del capítulo regresamos a la experiencia poderosa de entrar en la carpa donde un gigante muestra por treinta reales el hielo, y cobra cinco más por tocarlo. El niño puso la mano encima del diamante vaporoso por un leve instante, y pronunció: “Esta hirviendo”. El padre quedó fascinado ante el gran invento de su tiempo. Y así se va toda la novela, expresando asombro en un mundo donde todo lo que lo rodea es maravilloso. Ese es el secreto de la gran novela del colombiano, que reorienta nuestra mirada hacia la magia presente en lo común en Latinoamérica.

El éxito de Cien años de soledad fue expansivo. Se publicó hace 50 años, aunque yo tuve que esperar un lustro antes de sumergirme en la experiencia del realismo mágico. La fortuna quiso que mi equipo escolar ganara un concurso en la televisión de preguntas y respuestas, y entre los premios me entregaron un vale para comprar libros en Artemis-Edinter. Salimos felices del canal, en el carro del director del colegio La Salle, directo a celebrar, pero yo insistí en que primero nos condujeran a la librería. Me alcanzó para dos novelas de la Editorial Sudamericana: El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora. El deslumbramiento fue total, y de inmediato salté a Cien años de soledad. He comprado la misma novela varias veces, porque siempre desaparece del anaquel dedicado a sus obras completas. Mi admiración por el autor reside en que me espantó las telarañas y la negrura, e hizo recuperar el asombro infantil.

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