Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Cien años de soledad y escombros

Lado b

— Luis Aceituno
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Fue en la época posterior al terremoto de 1976. Días confusos, raros, intensos, que vivíamos entre el polvo y la bruma, intentando sobreponernos a esa sacudida de la realidad que nos hizo sentir por una milésima de segundo, al menos, demasiado pequeños y demasiado desamparados. Acabábamos de abandonar la niñez y de pronto tomábamos conciencia de la fragilidad de las cosas y de la vida misma. Todo lo que habíamos sido hasta entonces, que no era mucho, se desmoronaba. Todo lo que estaba por venir, había que construirlo partiendo de las ruinas. Con los cuates del colegio descombrábamos casas y repartíamos ropa y víveres. Por las noches improvisábamos pequeñas obras de teatro, para no caer en la ansiedad y el tedio.

Mi amigo Gerardo Ríos y yo vagábamos una tarde por los patios del colegio sin ocupación precisa. El hermano Carlos Laínez, al vernos, nos envió a ordenar la biblioteca, un recinto para remachones, al que solo habíamos entrado alguna vez para resolver lo que en aquel entonces llamábamos “investigaciones”. El salón era un completo desastre, estanterías caídas, suciedad y montones de libros tirados por todos lados. Nos sentimos desolados, la tarea estaba muy por encima de nuestra pereza y nuestras escasas habilidades. Nos repartimos el espacio, y empezamos a hacer como que hacíamos algo. Lo único que se me ocurrió fue ponerme a rescatar libros del atolladero. Cajas negras, misteriosas, que encerraban lenguajes que yo no alcanzaba a comprender del todo ¿Quiénes habían escrito esas montañas de letras y con qué objetivo? ¿Qué me querían decir o enseñar? ¿Para quiénes hablaban? Puse primero los verdes por aquí, los rojos por allá, y cuando se me empezaron a confundir los colores, tome por curiosidad uno de los volúmenes y me perdí en su contenido. Pasaron una o dos horas, hasta que Gerardo intrigado me preguntó qué estaba leyendo. “Nada –le contesté– un coronel o algo así, que espera una carta, se le acabó el café, el dinero, la comida, y parece que va a comerse un gallo”. “¿Interesante?”, me preguntó. “No sé”, le dije. Me escondí el libro entre la camisa y salimos.

Algunos meses después, leí la primera línea de Cien años de soledad ¿Cómo había llegado ahí? Pues tampoco lo sé. El terremoto, las lunadas con teatro, la vagancia, la biblioteca caída, El coronel no tiene quien le escriba atrapado en el desastre, el tedio de la tarde, la lluvia sobre La Antigua Guatemala… Fueron dos o tres días con sus noches de los que salí como se sale de un sueño revelador y a la vez confuso, inquietante. Una de esas experiencias intensas y profundas de lector que los años nos vuelven escasas. Un terremoto existencial parecido al que yo había vivido físicamente aquel cuatro de febrero. Si me hubieran preguntado de qué trata la novela, no habría podido responder, pero era como regresar de un viaje por un territorio demasiado raro y demasiado propio. Mi infancia, mis miedos, mis dudas, mis fascinaciones, mis obsesiones, aquello que había vivido y se había quedado soterrado, todo estaba ahí y había que descifrarlo. Esa primera lectura, desde la ingenuidad quizás, es algo que le agradeceré siempre a Gabriel García Márquez. Hoy hace 50 años que se terminó de imprimir la primera edición de este libro que, paradójicamente, nos ha hecho sentir menos solos en un mundo que desde aquellos días empezaba a resquebrajarse.

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