Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Outsider/insider

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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Durante tres años viví en edificios caqueros. El destino es como una ruleta en manos de algún dios ludópata: antes de eso había huido de la ciudad de Guatemala con la resolución de no volver a tragarme nunca más el tráfico, la inseguridad, las malas pulgas, el precio de las cosas, los wannabes, los pink left, los believers, los neoconservadores.

Ganaba poco, pero gastaba menos y de ese modo las cuentas me salían. Cero deudas, cero hijos (que yo sepa), cero empresas, cero haciendas: había renunciado a cualquier idea de futuro (planes, expectativas, ahorros, un proyecto a largo plazo, una carrera) y en cambio elegí abrazar el presente con todas mis fuerzas.

Hasta que una mujer me dio a probar agua de su calzón. Sé poco de esas cosas. Algunos lo llaman amor. Juro que no andaba buscándolo. ¡Con lo bien que me iba de ermitaño! Pero llegó el día. Sentí el vuelco en las tripas y, por primer vez en mucho tiempo, supe que era momento de apostarle a un proyecto compartido. Han pasado siete años desde entonces.

¿Que si echo de menos mi vida de soltero irredento? Por supuesto que sí. Pero admito, también, que aquel incierto (y, en un principio, titubeante) ‘proyecto compartido’ ha sido un géiser pródigo de experiencias ambrosíacas. Una parte de mí no se acostumbra todavía. Me pellizco y me interpelo y me pregunto cómo dos corazones han podido arreglárselas para seguir latiendo unánimes en épocas de cultura desechable, sensaciones efímeras y obsolescencias programadas.

No son buenos estos tiempos para las relaciones duraderas, lo sé. Tampoco es que todo haya sido miel sobre hojuelas. La decisión misma de volver a ese manicomio llamado ciudad de Guatemala no fue agradable para mí, ni para ella. A los dos se nos da mejor el campo, el aire fresco, los jardines. Y los dos terminamos viviendo tres años en edificios caqueros.

Primero fue en el Clarion Suites, propiedad (tengo entendido) del aún prófugo Alejandro Sinibaldi, o de su esposa. Estuvimos un mes ahí, en una habitación del piso once, y mi recuerdo más grato es el sabor de los chilaquiles con salsa verde que preparaban los sábados en el buffet para el desayuno. En las madrugadas era frecuente ver por la ventana cómo la policía emboscaba a los automovilistas borrachos saliendo de la Zona Viva: la sirena, el alto, la inspección, el regateo, la mordida.

Luego nos pasamos al piso diecisiete de otro edificio, cercano a La Cañada. De los gastos de alquiler nos desentendimos siempre, por fortuna, en virtud de un contrato de trabajo cuyos detalles no leí. Un alivio. Aunque, repito: si por nosotros fuera hubiéramos preferido una casita de colonia, con jardín. Y con vecinos de verdad.

Y cuando digo “vecinos de verdad” me refiero a saber cómo se llaman, a qué se dedican, conocerlos, visitarlos, trabar amistad de ser posible. Todo lo contrario a coincidir en el elevador con inquilinos sedados, sin conversación, o en los pasillos con familias como la del apartamento de abajo: el esposo en sus primeros treintas, altivo; la esposa en sus últimos veintes, ya operada; dos chirices retozones y un ejército de dieciséis guardaespaldas cuidándolos a los cuatro.

Un outsider viviendo como insider, eso es lo que era. Me hice cuate de las mucamas, de los recepcionistas, de los empleados de mantenimiento, de los guardias de garita. Buena gente, mal pagada. Turnos de hasta 48 horas sin parar.

Detalles que, quién quita, a lo mejor aprovecho para un ensayo que estoy escribiendo sobre los contrastes y la desigualdad en Guatemala.

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