Lunes 10 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Pedacito de cielo

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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Marta A me condujo a su habitación predilecta, una pequeña pieza con ventana rectangular con vista a la calle, con paredes tapizadas por más de un centenar de fotos. Era como estar en un galería de retratos antiguos en color sepia, enmarcados con discretas molduras de madera, protegidos por cristales ya opacos por el paso tiempo: “Todos muertos”, advirtió, señalándome aquella pléyade de personajes desvaídos estampados en los cartones viejos.

En el cuarto, había también dos sillas de petatillo y en medio, una mesa redonda de pata robusta, cubierta con un mantel de aplicaciones de croché en donde descansaban algunas fotografías más.

Antes de tomar asiento, corrí con discreción el visillo de encaje que cubría la ventana y observé, a la distancia, la belleza de la cúpula azul de la basílica y el paso desaforado de los carros y camionetas apurados por llegar primero al Periférico.

Olía a pipí de gato, tufo que imaginé, Marta A ya no sentiría por la costumbre o por cuestiones de la edad, pues por aquellos días frisaba ya los noventa y pico.

Estaba sorda y usaba una especie de embudo de metal en el oído izquierdo para lograr captar algún detalle del hilo de la conversación. “Era de mi abuelo”,  refiriéndose a la trompeta que tenía ensartada en el oído, “se quedó sordo bastante joven, en tiempos de Estrada Cabrera, cuando explotaba una carga de dinamita camino a Panajachel”.

Marta A vivía sola en aquel pequeño refugio en que se había reducido su casa, junto a dos gatos barcinos, los cuales no dejaban de maullar en  pequeños lamentos.

De la casa de paredes blancas, patio con jardineras floridas y corredores amplios de piso de cuadrados de cemento rojo que había construido su padre en las afueras de la ciudad mucho tiempo después de los terremotos del 17, Marta A había conservado para su uso personal un par de piezas de la casa, un baño y el pequeño zaguán de la antigua puerta de servicio en donde había acomodado su sala de estar, con dos silloncitos y una mesita de mimbre pintadas de color turquesa.

Un enrejado de hierro de color amarillo rabioso dividía su espacio con el resto de la casa. Marta A había dado en alquiler lo que quedaba de su vivienda, y el inquilino había pintado los corredores, las lajas de piedra del patio y los pilares de madera que sostenían el techo con pintura brillante de aceite.

“No me quejo de la vida”, me dijo a gritos, imposibilitada de oír su propia voz. “Desde esta reja alcanzo a ver un pedacito de cielo y el patio de mi casa, con las enredaderas de jazmincillo y el duraznal que sembró mi padre cuando era pequeña. Y para mi almuerzo, me las arreglo muy bien”, afirmó, “pues me traen la comida caliente de la tienda de la esquina, a las doce en punto, en este portaviandas”, señalándome las cuatro ollitas de peltre que estaban encima de una mesita, cerca de la puerta de entrada. “Nunca almuerzo sola”, me advirtió, pues lo hago en compañía de mi familia, los que aún viven…, por supuesto” y me mostró las cinco fotografías a colores que descansaban encima de la mesa redonda con tapete de croché. “Eso sí”, dijo con firmeza, “a estos nunca los mezclo con mis muertos, con los que tapizan estas dos paredes de mi vida, pues siento que les traería mala suerte”.

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