Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Recuperar la mirada propia

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda
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No recuerdo ya cuándo dejé de preguntarme sobre el porqué de algunas cosas que antes –eso sí lo recuerdo– me turbaban sobremanera. Preguntas como, por ejemplo, por qué las mujeres ‘deben’ usar el pelo largo y los hombres corto, o por qué se considera de ‘mala educación’ escribir con rojo o con lápiz.

Cosas así. Frivolidades, tal vez. Aunque no tanto: la sumisión va cercenando los márgenes de nuestra autonomía hasta anularla del todo. El acatamiento irreflexivo es un cáncer que devora la perspicacia. Decepciona toparse con gente que por un lado te dice que los hombres con melena crecida somos todos unos vagos afeminados, y por otro lado profesan devoción por un nazareno de greñas hasta los hombros, ideas comunistas y barba de guerrillero. ¿Cómo así?

Supongo que uno va dejando de ser niño conforme deja de hacerse preguntas. Conforme nos acomodamos a lo que hay. Conforme nos resignamos haciendo nuestro aquel adagio reaccionario que dice “así ha sido siempre y así es como debe ser”. La realidad decretada, eso que llamamos ‘normalidad’, va colonizando poco a poco los espacios aún vírgenes de nuestra mente otrora desprejuiciada, esponjosa, abierta de par en par a lo que viniera y como viniera, sin filtros.

De eso se trata tener un punto de vista propio: de defender y mantener esa mirada lo más despercudida posible de molduras ajenas. Lo que soy yo, sigo intentándolo día con día. Y el saldo casi siempre es a favor, por mucho que a veces resulta uno enganchado durante algún tiempo a tal o cual ismo: humanismo, anarquismo, jipismo… Es inevitable. Tampoco quiero negarme la posibilidad de entender cómo piensan, cómo perciben, cómo sienten los otros y las otras; celebrar de cuando en cuando el milagro de la empatía, de la identificación, de la complicidad.

Es lo bueno de viajar: te abre la cabeza, te llena de insumos, te ofrece inéditas posibilidades de relacionamiento. Algo similar ocurre cuando leemos un libro (depende cuál: no es lo mismo leer a León Tolstoi que a Gloria Álvarez), o cuando nos drogamos (depende cómo: no es lo mismo la droga como escape que como alquimia).

Hablando de libros y de viajes, hace poco leí sobre cómo las tecnologías al uso han modificado radicalmente la experiencia de viajar, sobre cómo el planeta se ha convertido en una especie de museo de objetos que uno reconoce porque los ha visto antes, a través de otros medios. Así, más que descubrir, el turista no hace sino reaccionar ante algo con lo que ya está familiarizado.

A mí me ocurre algo distinto. No tengo cámara de fotos, ni de video. No uso facebook ni instagram ni whatsapp. Tengo un smartphone que no funciona. Vivo en un país, lejos de Guatemala, donde ni bien llega la tecnología ya la están censurando. Aquí, el control sobre las telecomunicaciones, sumado al pésimo servicio y a los cobros abusivos, hacen que la conectividad sea una de las peores del mundo.

De modo que no soy de los que anda a cada rato compartiendo chingaderas. No puedo. Y a decir verdad tampoco sé si quisiera, toda vez que el no tener acceso irrestricto al ciberespacio me permite, en cambio, volcar mis sentidos al ras del suelo y alucinar maravillado con el canto de los imanes recitando versos del Corán (hay dos mezquitas aquí cerca, en el barrio), o con el orgullo superlativo de este pueblo que se precia de ser el único en toda África que repelió siempre con éxito a sus invasores.

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