Lunes 22 DE Abril DE 2019
La Columna

Tomó sus cosas y se puso a navegar

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

Fue Perales, y su manida canción, quien me acompañó durante los días previos y posteriores al momento del adiós. Un bálsamo, cursi pero efectivo, arropándome de la incertidumbre hacia el porvenir, y del desasosiego respecto de lo que dejaba atrás: la familia, los amigos y amigotes, los conectes y privilegios; el peso de la costumbre tras media vida de rutinas labradas en este país que te da tanto y a la vez tanto te quita.

Heimat, es la palabra en alemán: ese vaporoso sentido de pertenencia al lugar de donde uno proviene. Esa imprecisa raigambre que nos hace sentirnos como en casa. Ese pálpito de saberse en el hogar, dulce hogar; aún siendo consciente de que lo de ‘dulce hogar’ es tan sólo una ilusión, un espejismo, un invento de la mentirosa nostalgia.

Di pocas explicaciones. Dejé en mi gente la impresión de soltar amarres sin mayores expectativas acerca de lo que pudiera ocurrir en adelante, pero con la integridad dispuesta a dar el salto de fe. El cuento a grandes rasgos era que me habían dado agua de calzón y que, en esa lid, entre arcoíris y nubecitas color de rosa aposté por seguir a la mujer que todavía hoy me arrebata los suspiros. Seguirla, sí. Al otro lado del mundo.

A veces me da por pensar que, de tanto que me dijeron “¡Andate al cuerno de África!”, el conjuro terminó cumpliéndose. Y heme aquí, entonces, en el mismísimo cacho del noreste africano; muy cerca de donde Lucy, nuestra abuela común, caminó erguida hace millones de años; en una urbe de clima fresco y entorno de altiplanicie, sin mares a la vista, lejos de gaviotas y estelas y veleros que se llaman Libertad.

“Total, si las cosas no funcionan siempre queda la opción de volver”, les decía a quienes me miraban con ojos de sospecha. La realidad era un poco más… no quiero decir definitiva, pero sí más definida. Sólo un limitado grupo personas en Guatemala, quince si mucho, conocía los detalles de fondo: ingresar en calidad de residente al país en donde ahora vivo exige tal desgaste en papeleo y burocracia que opté mejor por cruzar un límite que hubiera querido no transgredir nunca… Señoras y señores, lo confieso; he pecado contra mis principios. ¡Me casé!

Que quede claro que ni ella ni yo necesitábamos validar, mediante el sello de un notario, este vínculo por el que en todo caso hemos de responder nosotros, y nadie más. Pero hay que ver, por otro lado, lo mucho que una estúpida firma en un estúpido contrato puede llegar a simplificarte la existencia.

Lo cierto es que, aunque muy poca gente estaba al tanto de ello, cuando partí lo hice preparado para no volver más. Por fortuna no tengo, hasta ahora, motivos para el arrepentimiento; lo cual equivale a decir que he batido récord en términos de estabilidad y permanencia. En el pasado mis relaciones sentimentales fueron, por lo general, un completo desastre. A saber qué mosco me picó. Dicen que es el amor. Yo, hombre de poca fe, sigo sin creérmelo.

Pero aquí estoy, descubriendo lugares y culturas y geografías y tradiciones muy otras; observando, palpando, oliendo, escuchando, degustando, llevando apuntes; dando por inútil el propósito de seguir tomándole el pulso, día a día, a mi país. Y no por falta de interés, sino por lo difícil que resulta acceder a la tecnología. Censura gubernamental, cobros abusivos, pésimo servicio… ¡Bienvenido a África!

Me tocará cambiar de tema entonces. Escribir sobre otras cosas. Referirme a otros fenómenos. Ya veré qué se me ocurre para la próxima semana.

Una camisa, un pantalón vaquero

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