Viernes 21 Abril 2017
La Columna

Estados Hundidos de América

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda [email protected]

No son pocas las anécdotas que dan cuenta de jefes de policía y ministros de iglesia y zares antidroga cuyo estricto apego a la moral se ve de pronto mancillado a consecuencia de una hija desobediente o un hijo libertino que, con sus travesuras ‘fuera de orden’, acaba desnudando los conflictos internos propios de un marco normativo excesivamente riguroso.

Desde el encorsetado punto de vista de quienes viven (o aparentan vivir) de acuerdo a un Único Modo Ejemplar de Hacer las Cosas, el sentimiento ha de ser comparable al de la señorona fufurufa a quien le señalan una mosca flotando en la sopa que ella misma preparó con la ilusión de agradar a las visitas: ¡Qué asco! ¡Qué horror! ¡Qué vergüenza!

Sobre todo, eso: la vergüenza. Y es que hay que ver hasta qué punto la conducta de estos vástagos descarriados resquebraja también, de paso, el volátil equilibro entre lo que se dice de puertas para afuera y lo que se deja hacer de puertas hacia adentro. Ahí tenemos a Estados Unidos como paradigma de esa tensión creciente entre el discurso y la práctica; es decir, entre la regla impuesta unilateralmente y los hábitos domésticos, discretos, que desafían la letra muerta de la ley.

Partamos de la figura del Tío Sam, tal como lo dibuja la propaganda militar: un fanático cascarrabias vestido como para desfile; sombrero de copa, mechones canosos, cejas fruncidas, ojos severos… y el inclaudicable dedo acusador que pone a sus súbditos de espaldas contra la pared haciéndolos sentir inquietos, casi podríamos decir culpables. ¿Culpables de qué? A saber. Nunca se hacen las cosas lo suficientemente bien a la vista de patriotas autoritarios como él.

Ahora borremos esa caricatura y hagamos otra teniendo en cuenta cómo, en estricto apego a los hechos, el comportamiento del Tío no se diferencia mucho de la de sus viciosos sobrinos. ¿O acaso la élite gobernante norteamericana cultiva rutinas que merezcan nuestro aplauso? Es más: si así de deplorables se muestran a la luz pública, ¡qué no harán a escondidas! Mejor sería entonces dibujarlo mostrándolo tras varios días de farra, despatarrado en un sofá, el sombrero con restos de colillas dentro, la jeringa aún colgando de la vena del brazo, el moquillo escurriéndole de la nariz enrojecida por el polvo de la coca, en una mano la chenca, en otra el letrero ajado que dice: We want you!

¡Vaya si no les fascina atiborrarse de drogas a los gringos! Y lo que jode no es eso, sino la manera tan cobarde que tienen de lidiar con el problema: ¡nos lo endosan a nosotros!

El Plan Colombia y el Plan Mérida, lejos de reducir el flujo de estupefacientes, lo que logró fue que el hampa se reconfigurara, que las rutas variaran… y que el surtido de venenos se ampliara. Al complicarse el tráfico de cocaína desde el sur del continente, brotaron los laboratorios de metanfetamina aledaños a la frontera con México.

Cobardes, y encima de todo estúpidos. Porque si de verdad quisieran combatir el narcotráfico, la solución probada es seguir la ruta del dinero. Y, de ribete, desenmascarar a los banqueros cómplices que se forran lavando (aquí y allá) las extraordinarias fortunas que genera el crimen organizado.

Otra opción sería moderar sus consumos y aprender lo obvio: que nadie se ha intoxicado nunca sabiendo administrarse la dosis justa. Aunque me temo que algo tan elemental es incompatible con su formación puritana.

Como sea, mientras deciden qué hacer consigo mismos, mucho se les agradecería que dejen de cagarse en nuestro país.