Martes 18 Abril 2017
La Columna

Un oficio del siglo XXI

Lado b

— Luis Aceituno

“¿Profesión u oficio?”, pregunta el juez a uno de los jóvenes implicados en el motín del pasado jueves 13 en el centro correccional Gaviotas. “Sicariato”, responde el muchacho que, calculo, no llegará a los 21 años. Lo dice sin sorna ni soberbia. No es una provocación sino un simple dato personal, como quien dice panadero, perito contador, dentista o maestro de escuela. El juez tampoco se inmuta, preguntas de rigor antes de comenzar la audiencia. Me llama la atención que el joven ni siquiera piense que la respuesta pueda incriminarlo o provocar un prejuicio en su contra. Estamos en Guatemala y, supongo, no hay ninguna razón para alarmarse o escandalizarse. En este país, matar gente es una ocupación, todavía penada por la ley, bien es cierto, pero un trabajo al fin, que saca del atolladero, que permite comer y vestirse. Volvemos a lo que Hanna Arendt calificó como la banalidad del mal, aunque hacer filosofía al respecto sospecho que empieza a resultar un ejercicio ocioso. La misma Wikipedia nos describe el oficio en toda su simplicidad: “Un sicario es una persona que mata a alguien por encargo de otro, por lo que recibe un pago, generalmente en dinero u otros bienes. Algunos términos sinónimos son, por ejemplo, asesino a sueldo o pistolero”. En fin, como quien nos dice que el fontanero es la persona “que realiza instalaciones de agua”.

Los sicarios aparecieron por el año 81 a. C., según testimonios como el del historiador judeorromano Flavio Josefo. Eran insurrectos o simples asesinos que ocultaban la daga, la ‘sica’, debajo de la túnica. Tipos discretos, que escondían el arma con celo. Ahora, los cuchillos o las pistolas se llevan en el cincho y se muestran para provocar miedo y respeto. El término nos llegó distorsionado a la actualidad y se fue normalizando en la medida en que mandar a matar gente se convirtió en una actividad banal, o incluso “necesaria” para mantener el poder o el orden, o lo que se entienda por eso. Fue el escritor colombiano Fernando Vallejo, en La virgen de los sicarios, el que no mostró con crudeza, y hasta con cierta justicia poética, la realidad que envolvía a esos nuevos asesinos a sueldo, nacidos de la desesperación, el hambre, la miseria. La mayoría jóvenes, casi menores de edad, como este muchacho que respondía con desgano al interrogatorio judicial.

Es posible que este muchacho no sea un asesino nato, un sicótico que se regocija en el placer de volarles los sesos a sus víctimas. Matar, para él, fue una de las escasas ofertas laborales a las que podía tener acceso. Es, como él dice, su “profesión”, a falta de otra. Quizá la asuma con dedicación y esmero o quizás a regañadientes. Tiene al menos la disposición para ensuciarse las manos en donde otros, por prudencia o cobardía, prefieren guardarlas limpias. Es su fuerza laboral, es lo que vende, en un sistema regido por la oferta y la demanda, que no inventó él, por supuesto. Ese desafecto con el que pronuncia su ocupación, sin embargo, nos escupe a la cara una parte de lo que somos o de en lo que nos hemos convertido. Una sociedad degradada sin noción alguna de la vida o de la muerte, en donde se mata por necesidad, por dinero, por oficio…