Miércoles 12 Abril 2017
La Columna

Pecar y rezar

lucha libre

— Lucía Escobar

Fue al Gato a quien le escuché por primera vez aquel aforismo que dice: el que reza y peca, empata. Lo usaba a propósito de un su estilo bien raro de autocontrol que consistía (o consiste) en pasar seis meses sobrio y haciendo ejercicios, y los otros seis meses entregado al alcohol y la fiesta. Así, medio broma y medio en serio, lograba cierto equilibrio en su vida.

Las nociones del pecado y la penitencia, son herencias de la cultura cristiana que entre culpas y perdones ha hecho negocios millonarios. Las limosnas y los diezmos son aportes voluntarios pero sumamente eficaces ya que se valen de la culpa para existir y crecer.

Por mi culpa, por mi culpa y por mi gran culpa, rezan algunos en las iglesias, mientras se somatan el pecho, y se arrepienten un poco. Antes los pecados tenían precios establecidos para ser absueltos, olvidados y perdonados. Luego se dejó de pagar con oro y se pasó a las oraciones, los padrenuestros y las avemarías sustituyeron la autoflagelación, los ayunos y otros sacrificios.

El Carnaval y la Cuaresma son dos caras distintas de una misma moneda, dos estados opuestos del ser humano. El primero es permisivo, sensual y se deja llevar por el placer y la alegría. El segundo es espiritual, represivo y reflexivo. Supongo que explorar ambos estados, es lo justo y lo sano para que el alma y el cuerpo gocen y se diviertan y puedan superar el día a día de la vida.

En estos días abundan los penitentes y los cargadores. Hay colas largas para comprar los turnos más importantes de las hermandades más antiguas y conservadoras. Las tradiciones religiosas, las procesiones y cargas sirven también para limpiar las culpas eternas. Me pregunto qué grandes cargos de conciencia tienen algunos que son capaces de pagar grandes sumas de dinero para llevar las andas en un lugar privilegiado o para poder salir en la foto en la posición más vistosa, e idónea para no pasar desapercibido. Las selfis cuaresmales, los cucuruchos sexis, la represión y el exceso de alcohol y cerveza son combinaciones que juegan con la culpa y la penitencia en un mundo en que es más importante la exposición social que el compromiso espiritual.

Los pecados, así como los plantean las religiones son compromisos morales de buen comportamiento que no precisamente son comprendidos y respetados por todas las personas. Cada ser humano debería aspirar lograr construir su propio y personal código de ética, basado en sus propias experiencias, debilidades y fortalezas. Seguir mandamientos, o aceptar culpas pre establecidas, son medidas extremas que funcionan con algunas personas pero no con todas, sobre todo no con aquellos que tenemos estándares propios de libertad y autocontrol.

Estamos ya en plena Semana Santa, hay feriado, hay días para descansar o para hacer todo lo contrario. Las religiones moldearon y nos dejaron estos días de libertad comunitaria, y cada quien es libre de hacer esos días lo que más le convenga.

Eso sí, sería pecado no aprovecharlos.