Martes 20 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Cansado

buscando a syd

— Maurice Echeverría
Más noticias que te pueden interesar

Cada día estás más cansado. Es una cosa muy seria esa de abrir los ojos, por la mañana, y sentir esa enfermedad siniestra en el cuerpo: el cansancio.

La idea era amanecer radiante, abrir la ventana, salir al jardín, si lo hubiera, y sentir las sílfides acariciarte la piel y, acto seguido, hacer ejercicios, pues todo el mundo sabe que haciendo ejercicios se llega al nirvana y se curan todas las enfermedades sociales…

Pero lo cierto es que cada día que pasa estás más cansado, y tus uñas se están cayendo del cansancio, y es como decir que tus dientes se están cayendo del cansancio, y el cansancio entonces te ablanda y te endurece.

Hoy tampoco harás ejercicio.

Vas al baño, y observas en el espejo tu rostro, tu rostro y sus arrugas como cicatrices, como costuras sin fuerza. Y te bañas, pero no de forma viril, invulnerable, más bien catatónicamente. Ablución debiera significar despertar, quitarse las modorras, los letargos de encima, las breas del dormir, pero en este caso es como si el agua te fuera cubriendo de una capa extra de fatiga, y te sientes como un loco en un manicomio, al cual estuvieran limpiando sin su consentimiento, pero también sin su indignación. Solo estás ahí, y mientras te enjabonas, inercialmente, te preguntas si el peso del jabón en tu mano no terminará siendo como ese yunque que te hunda en el lago–agotamiento, en la sopa–extenuación.

Cierras la llave del agua. ¿Podrás tú, el ultra–cansado, vestirte, ahora? ¿Hay motivo para pensar que podrás ponerte los calcetines? ¿Cabe siquiera pensar en la posibilidad de que te pongas el cincho? Es como si hubieran agarrado tu cuerpo físico, y tu cuerpo pránico, todos tus cuerpos, a batazos.

De alguna forma que no puede ser calificada sino de milagrosa consigues ponerte la ropa, pero en cambio el esfuerzo hace que te desmayes en el pasillo, al salir del baño.

¿Cuánto tiempo transcurre? Es muy difícil saberlo. Por fin vuelves a la consciencia, y al principio no puedes ni moverte, es como si estuvieras dentro de un traje de látex sumamente apretado. Atroz dolor te provoca mover tu dedo meñique, luego tu mano, luego un poco el brazo, luego el otro.

Y ahora te arrastras a la cocina (y pasas al lado de un antílope muerto, en la mitad de la sala) y cuando por fin llegas a la cafetera, después de un esfuerzo inconmensurable, tomas la jeringa y te inyectas el café.

El café te da la suficiente estamina para salir a la terraza, si la hubiera, y observar la ciudad mortuoria, sepultada ella también en consunción. Piensas en esos individuos que están todavía más cansados que tú y que se levantaron más temprano que tu propia persona para ir a cumplir con un trabajo que es más cansante que el tuyo. Uno de esos individuos ahora mismo se encuentra en un bus y está rezando: rezando porque un ladrón asalte el vehículo, y de paso le pegue un tiro, le quite ese maldito cansancio.

Te pones triste por ese individuo, pero no mucho, porque estás demasiado cansado para sentir compasión, y el día apenas empieza.

Etiquetas: