Lunes 12 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Así en la paz como en la guerra

Lado b

— Luis Aceituno
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Abro los ojos, prendo la tele y la presentadora de noticias me informa que estamos entrando en una “guerra”. La palabra se repite en los periódicos, en los radionoticieros, en lo que llamamos redes sociales. Me digo que los guatemaltecos tenemos una especial debilidad por el lenguaje catastrófico y grandilocuente y, por lo general, no tenemos conciencia del significado preciso de las palabras. ¿Qué quiere decir estar en guerra? ¿Quiénes se enfrentan a quiénes? ¿Qué pretendemos ganar o conquistar? ¿Quién es el enemigo? Preguntas bobas, pero que nos remiten a ese gran absurdo en el que nos movemos. Hace 20 años y meses firmábamos (o eso nos hacían creer) una paz firme y duradera. Parece que ni lo uno ni lo otro. Para nosotros, nada más frágil que la paz, nada más efímero. Nada más molesto. Talvez nuestro estado natural sea la confrontación, el todos contra todos. Si no hay enemigo visible, lo construimos, lo buscamos por todos lados, hasta sentirnos amenazados, hasta que las calles, la ciudad, el país, el mundo se convierten en territorios minados.

La verdad, no tengo ni la más mínima idea de si estamos en guerra o no. Lo que sí, es que aquí y en todas partes, las guerras las deciden los viejos y las pelean los jóvenes. Son ellos los heridos, los muertos, los daños colaterales. Llama la atención, por ejemplo, que la mayoría de víctimas de los trágicos sucesos ocurridos en el país en las últimas semanas fueran menores de 30 años. Cada quien en su trinchera, pero todos muertos, al fin y al cabo. En Guatemala nos hemos especializado en sacrificar generaciones enteras que merecían, por supuesto, mejor futuro. Un país menos letal, en donde valga la pena vivir y crecer y construir. Hay un video que circuló hace unos días, en el aparecen cinco o seis muchachos casi menores de edad, fuertemente armados, jurando fidelidad a su ejército (la mara 18) tratando de asustar, dispuestos a sacrificar su vida por una causa oscura. Puede que el clip haya sido fabricado o falso, el tipo de producto viral para crear confusión o incertidumbre. Pero es bastante revelador. Ver a unos niños, seguramente carne de cañón, definirse con todo orgullo como “pequeños sicóticos criminales”, mientras acarician un arma como la única posibilidad de existir, de hacerse oír y estar en el mundo, nos da una idea de la negra sociedad en que nos movemos. ¿Qué va a ser de ellos? ¿Qué va a ser de todos nosotros? ¿Seguiremos orillando a estos jóvenes a la muerte, a la desesperación, a la sicosis, al crimen?

En la mitología de los sesenta, se manejaba la consigna “morir antes de los treinta años, dejar un bello cadáver”. Vivir más allá, supongo, significaba claudicación, volverse parte de ese sistema que oprimía y reprimía. En aquella época, pocos tenían idea de las derivaciones de semejante frase. Morir o matar no es justo. Y los cadáveres no son bellos. La guerra, por otra parte, solo es destrucción y condena. Todos, al final, nos convertimos en víctimas y en verdugos.

laceituno@elperiodico.com.gt

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