Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Ghost in the Shell (1995)

AT-Field @Tropismo

— Juan D. Oquendo
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Ya terminada la temporada de los Oscar y lejos de las supertaquilleras como La bella y la bestia, la otra semana se estrena el remake en live-action de Ghost in the Shell protagonizada por Scarlett Johansson a más de veinte años del lanzamiento del filme original en 1995. Y la que fuera una especulación por parte de Masamune Shirow –creador del manga–, se vuelve hoy más bien una profecía.

Situada en 2029, Ghost in the Shell (1995) plantea un mundo hiperconectado donde los ciborgs y cuerpos cibernéticos son la orden del día. En una vasta red de Internet coexisten las conciencias de las personas que por cualquier motivo han dejado sus cuerpos humanos por prótesis y máquinas que les permiten hacer cosas que la carne y el hueso solo soñaban. En ese mundo sin fronteras un hacker llamado Puppet Master es perseguido por la mayor Motoko Kusanagi –a quien da vida Johansson en la adaptación– y su sección de contraterrorismo cibernético.

El filme está lleno de acción, claro, y con una banda sonora de Kenji Kawai que abruma los sentidos en una animación que combinaba a mediados de los noventa el celuloide en vías de desaparición –en particular Disney– y animación computarizada. A simple vista la cinta es un thriller político y sociológico lleno de intrigas, un film neo-noir a lo Blade Runner pero que se volvió en un mito referencial del anime posterior. Pero en sus capas más internas, el director Mamoru Oshii capta la esencia de la filosofía y preguntas que se hacía Shirow en el manga.

Ghost in the Shell, entendido como la franquicia con manga, novelas, libros, películas, series de ánime y sus más recientes OVA, es una especie de encuentro entre Isaac Asimov y Julio Verne reflexionando sobre los límites a los que nos llevará la tecnología en cuanto a la identidad. En particular la definición de ideas como alma y conciencia fuera del cuerpo, y cómo la memoria puede dar forma al ser si los recuerdos son falsos, implantados, borrados o simplemente hackeados para convertirnos en alguien más. Y si ese alguien más, es alguien o algo en un cuerpo incapaz de reproducirse.

Si nunca ha visto ánime, si se quedó en Dragon

Ball y Caballeros del Zodiaco o está en la jugada, es buena idea revisitar Ghost in the Shell para replantearse qué estamos haciendo en el siglo de la comunicación y cómo eso nos afecta en las relaciones y nuestra forma de entendernos.

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