Martes 17 DE Octubre DE 2017
La Columna

Visita del doctor

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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Mi madre llamaba por teléfono al doctor cuando la calentura nos volvía a subir a treinta y nueve grados, y la oleada de frío nos sacudía con tembladeras de cuerpo y castañeo de dientes como de calavera. Para entonces, mi madre ya había pasado tres días aplicando todo su conocimiento médico para tratar de sacarnos a flote, comenzando con el medio amarguísimo Mejoral cada ocho horas, las cucharadas enormes del benadryl para aliviar la tos nocturna o el temido purgante, diluido en agua, citrato de magnesia de cientos de gusanitos blancos que al caer al agua no lograban burbujear del todo y debíamos empinarnos de un solo, frente a su mirada y cerca del inodoro, pues aquella bebida agridulce que hacía efectos maravillosos para el empacho y los eructos a huevo, podía provocar el vómito.

Realmente, debíamos de estar prácticamente al borde del estado mortis para que llegara el doctor a visitarnos. En aquellos tiempos, lo primero que se recomendaba al niño enfermo o con calentura era que no abandonara su casa, el cuarto ni la cama, porque con tres días de reposo y mimos, unido a una aspirinita, la Grapete pequeña, gelatina roja o heladitos hechos de limonada muy dulce, los niños debían de curarse.

El doctor llegaba a la casa del Centro ya en la tarde, “cuando salga de mi consultorio, paso”, por lo cual, al pico de las cinco, mi madre comenzaba a arreglar el cuarto, ordenar los ponchos y la sobrecama, y revisaba que todo estuviera presentable, hasta el enfermo, quien debía inmediatamente cambiarse de pijama y lavarse por lo menos la cara, porque el doctor Zachrisson estaría por llegar.

Entrapajados hasta la cabeza con los ponchos peludos de lana, temblábamos no solo por la calentura, sino de saber que pronto llegaría el doctor, con su valijita negra como chistera de mago, de donde salían todo tipo de adminículos, inclusive las temidas inyecciones con sus afiladas agujas y jeringas de vidrio; que muchas veces nos ensartaron, con terror, en las partes más carnosas del cuerpo, a lo que correspondíamos con llanto sin resuello, no solo por el dolor del pinchazo sino porque habíamos tenido que enseñar la nalga.

El doctor llegaba siempre puntual. Con el tocador de calle hacía su toquido como en clave morse, un largooo toc, seguido de cuatro toquiditos rápidos y juntos de conejo, toctoctoctoc y la casa entera se ponía en alerta porque había llegado el doctor.

“Ábran rápido”, gritaba mi madre desde el segundo piso, mientras oíamos el rechinido de las bisagras de la puerta y el “buenas noches” del doctor, quien en ese momento había dejado ya su sombrero en el paragüero, porque desde que yo tuve memoria era pelón.

“Préndame la luz” ordenaba el médico, que para entonces ya había solicitado una silla para sentarse cerca del enfermo con cara de conejo asustado que cumplía sin chistar todas las demandas del doctor: “Respire profundo. Saque el aire. Tosa”, y entonces sacaba de su maletita negra una paleta de madera, y del bolsillo de su camisa una linternita y con un “abra la boca y diga aaaa” nos bajaba la lengua hasta la náusea y nos apuntaba  hasta el galillo con su lucecita: “Cierrra”, ordenaba. “Un basurero, por favor” y tiraba el bajalenguas con fuerza en el basurero, mientras apuntaba en su recetario la palabra, Madribón, y dictaba su diagnóstico con todo el acierto de médico brujo: “infección de garganta severa”.