Jueves 23 DE Noviembre DE 2017
La Columna

Agujeros cognitivo-éticos

follarismos

— Raúl de la Horra
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Uno de los rasgos más corrosivos en el subdesarrollo tanto de los individuos como de los países, son las carencias cognitivas o conceptuales que tenemos de la realidad, lo que normalmente se traduce en comportamientos relativamente correspondientes a las representaciones mentales interiorizadas a través de la cultura, la familia, la escuela y la experiencia. Ni siquiera tenemos un mapa preciso de la anatomía de nuestro propio cuerpo (¿dónde tengo el hígado, la vesícula, el cerebro?) o de la geografía del país (¿dónde queda Camotán?), y menos aún logramos localizar Siria en el mapa y, sin embargo, pretendemos conocer super-bien lo que significan categorías tan complejas y manoseadas como “libertad”, “amor”, “dios” y “felicidad”, a las que les atribuimos valores contantes y sonantes como si fueran objetos. Pero nunca caemos en la cuenta de que es en nombre de esos términos o valores abstractos –que parecen cosas–, que hemos sufrido o protagonizado las atrocidades más terroríficas de la Historia. ¿Alguna vez nos hemos puesto a pensar, por ejemplo, que también los terroristas de Isis luchan por una particular idea de libertad y de amor (que, por supuesto, no compartimos)? ¿Y que usted mismo, alguna vez, en nombre del amor y del honor, le propinó a su mujer o a su hijo una paliza que les mató, precisamente, su capacidad de amar?

Se nos olvida –o nunca lo hemos sabido– que nociones como “persona”, “extranjero”, “familia”, “bárbaro”, “esclavo”, “mujer”, “feto”, “indígena”, “negro”, “niñez”, “vejez”, así como en otro ámbito, “Nación”, “Estado” o “Democracia”, han modificado sus significados a lo largo de la historia humana y se han ido enriqueciendo o empobreciendo. Pero luego, en nuestras discusiones, sacamos esos términos de la chistera como si fueran tetuntes indestructibles y machacamos con ellos el cráneo de nuestro interlocutor hasta aplastarlo. Hubo épocas y sociedades (hoy todavía) en las que la noción filosófico-jurídica de “persona”, por ejemplo, no podía aplicarse naturalmente ni a los esclavos, ni a las mujeres, ni a los extranjeros, y menos a los negros o a los niños, y menos a los fetos. Es tan solo recientemente, en el último siglo, que las nociones de “niñez”, entre otras, así como de “feminidad”, han ido adquiriendo en nuestras sociedades falocráticas un significado y una dignidad que no tenían antes. Y ha sucedido lo mismo con toda esa metralla de calificativos como “izquierdista”, “derechista”, “feminista”, “populista”, “machista”, etcétera, que hoy lanzamos a diestra y siniestra contra nuestros enemigos reales o imaginados, sin saber muy bien lo que quieren decir, haciendo honor así a la reputación de talibanes a la tórtrix que nos hemos ganado a fuerza de ignorancia, prejuicios, imbecilidad galopante, resentimientos y complejos diversos.

Dos hechos recientes llaman la atención sobre la manera contradictoria y sibilina que tenemos de enfocar ciertos problemas, ya sea porque somos miopes o porque estamos cargados de mala leche. Sobre la terrible muerte de las niñas de origen humilde que murieron quemadas hace una semana en un hogar del Estado, muchas personas de la “buena sociedad” han querido echarle la culpa en primera instancia a las madres o a las familias de las víctimas. En cambio, en el reciente caso de un niño  de “buena familia” víctima de “bullying” en el colegio, y que quiso castigar a su victimario con un revólver, esas mismas personas de la “buena sociedad” le achacan (correctamente, pienso yo) la responsabilidad principal al establecimiento, exculpando de cierta manera a las familias. Es decir, cuando les conviene, la institución es la mala. Y cuando no, es la familia la mala, evidenciando así algunas de las grandes contradicciones y agujeros éticos de nuestra incultura.