Jueves 19 DE Octubre DE 2017
La Columna

El futuro calcinado

Lado b

— Luis Aceituno
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Que algo nos quede muy claro: el Estado de Guatemala no protege la vida y no le interesa en lo más mínimo protegerla. Que el actual Presidente afirme ufano y melodramático lo contrario, solo puede sonar a cinismo o a tontería a secas. Curioso, pero ese mismo señor Morales, a quien se le quiebra la voz jurando a la bandera o cuando en los desayunos de oración le pide a Dios por el país y sus gobernantes, fue incapaz de soltar una lágrima por las 40 niñas que murieron calcinadas en el Hogar “Seguro” Virgen de la Asunción, una institución a cargo de la Presidencia de la República, es decir a cargo suyo. Más bien, en sus apariciones televisivas, se le ha visto ausente, incapaz de mostrar un mínimo de consternación, mucho más preocupado en no perder el “empleo” que aparentemente desempeña que en las vidas humanas que se perdieron. De ahora en adelante, sin embargo, su sueño será más inquieto y su consumo de tranquilizantes (esas pastillitas que le hacen cerrar los ojos en los momentos más inapropiados) mucho más notorio. Ya no solo lo perseguirán los fantasmas de esos golpes de Estado que tanto lo atormentan, sino esos cuerpos reducidos a cenizas, esos gritos de auxilio a los que él puso oídos sordos, esas niñas que se encontraban bajo su protección directa y a las que él fue incapaz de garantizarles la vida.

Hasta el momento en que escribo esta columna, nadie sabe qué ocurrió exactamente la mañana del jueves 9 en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción. Solo que murieron 40 niñas quemadas. Todas las pesquisas apuntan a que no fue un accidente. El Presidente reconoce que hubo algo así como un fallo del sistema. Algo que tenía que ocurrir, porque nadie en su gobierno está capacitado para garantizarle protección a los casi 800 niños que se encontraban (¿recluidos?) en ese centro. Nadie. Ni la Presidencia, ni la Procuraduría General de la Nación, ni la Policía, ni los jueces, ni los trabajadores del Hogar. Ni el Estado en su totalidad. Nadie que respondiera a las alarmas que venían dándose desde 2012: Niñas y niños asesinados, violados, torturados, abusados, fugados, viviendo en condiciones inhumanas, que “comían y dormían en el mismo lugar donde defecaban”, según un informe de 2016.

Que la secretaría presidencial encargada de estos niños lleve el nombre de “Bienestar Social” y que el Hogar Virgen de la Asunción ostente el calificativo de “seguro”, solo puede hacer parte de ese gran absurdo que se llama Guatemala. Un absurdo que se vuelve sicótico y criminal. Cuando se dice que vivimos dentro de un Estado represivo, esto no se reduce al lugar común ni a una retórica izquierdista desfasada. Se habla de un Estado cuyos funcionarios solo pueden pensar en términos de castigo. Un Estado programado para reprimir y desaparecer a los ciudadanos que no encajen en el sistema. Como estos niños y niñas abusados por todos, olvidados por todos, condenados por todos al hambre, a la vejación y a la muerte casi desde su propia concepción. Todo, el país entero, convertido en cárcel y en cámara de tortura para ellos. En una maquinaria de destrucción que tritura toda esperanza de futuro. Estas niñas no querían morir, solo querían escapar del estercolero que las ahogaba, solo querían respirar y gritar su descontento y su rabia. Solo querían vivir.