Lunes 13 Marzo 2017
La Columna

Manicomio en llamas

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger

 Los gritos atormentados de pavor de los enfermos dieron el avido de que el Hospital Neuropsiquiátrico ardía en llamas.

Un enorme resplandor rojizo iluminó el cielo en la madrugada del 14 de julio de 1960, cuando el viejo caserón de adobe, madera y calicanto que funcionaba como albergue de unos 1,500 enfermos con desórdenes mentales, fue arrasado por un incendio en donde perdieron la vida por lo menos 130 personas. El llamado “Manicomio” estaba localizado junto al Hospital General San Juan de Dios.

El fuego se inició en el costurero del recinto, una construcción obsoleta para la época, de materiales ya muy viejos, picados e inflamables, construido después de los terremotos de 1917. Según las investigaciones, el incendio se originó cuando la anciana Virginia Segura dejó por olvido una plancha conectada sobre una mesa de madera que servía de planchador cubierta por un pesado poncho. El fuego se extendió por la sala y devoró rápidamente cortinas, paredes y techo de machimbre, propagándose rápidamente a los dormitorios del pensionado de mujeres, quienes se despertaron aterrorizadas por el calor de las llamas y el aire viciado sin comprender lo que estaba sucediendo y, lo peor, sin saber cómo actuar. Algunas de las pacientes lograron reaccionar y se resguardaron en el patio central del edificio, mientras una buena parte de las enfermas quedaron acorraladas entre el fuego y los barrotes de seguridad de la sala, sin posibilidad de salvación.

La situación se convirtió en un caos infernal a medida que avanzaba el incendio. Se escuchaban los gritos y lamentos impotentes de la gente atrapada, mientras la tarea de evacuación de los enfermos a lugares más seguros se volvía más difícil, debido a las limitaciones de los enfermos, quienes en ataques de furia o terror daban golpes de mano y de cabeza contra el viejo portón de madera de la entrada tratando de salir.

A través de las ventanas enrejadas se escucharon los gritos y alaridos de los enfermos implorando ayuda, mientras los parientes de los recluidos y los mirones compartían afuera la tragedia sin poder hacer nada al respecto.

Una columna de humo negro ascendiendo al cielo se dejó ver con las primeras luces de la mañana, y una fuerte hedentina a carne quemada se esparció por los alrededores del neuropsiquiátrico. La Policía alertó a los vecinos que no salieran de sus casas porque los locos andaban sueltos y asustados por las calles, que permanecieran dentro de sus casas porque la mayoría de los que habían logrado escapar del siniestro eran enfermos de alto riesgo.

Escenas dantescas aparecieron después: cadáveres de hombres y mujeres totalmente calcinados e irreconocibles fueron hacinados en el patio central del inmueble. Otros pacientes aguardaban ser rescatados entre los hierros retorcidos, bajo las camas y muebles, en donde, como niños asustados, buscaron refugio.

En respuesta a la tragedia, el presidente Ydígoras decretó tres días de duelo nacional y las víctimas fueron veladas en el mismo lugar del holocausto. Al día siguiente, un cortejo fúnebre de grandes proporciones recorrió los alrededores hasta llegar al Cementerio Nacional, en donde los cuerpos fueron inhumados en una fosa común.

El incendio del manicomio agudizó la situación de crisis del gobierno del presidente general Ydígoras Fuentes, poniendo en evidencia el estado caótico y de descuido en que se encontraba la mayoría de dependencias del Estado. Esa vez, el Presidente ya no pudo afrontar el problema con excusas ni las usuales gracejadas de hombre campechano, que lo caracterizaron.