viernes 10 marzo 2017
La Columna

Bonitas ficciones

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda [email protected]

Por esos brincos que de tanto en tanto pega uno en la vida, en julio del año pasado anduve en Suiza: digamos que el resorte de la chiripa me lanzó con honda hasta allá. (A pata. Desde Italia. Pero esa es otra historia).

Es un país como de mentiras, con casas que parecen de pan de jengibre, botonetas y turrón; la grama cortadita, el cuidado de todo, hasta el más ínfimo detalle. “La primera vez que pasé por ese país tuve la sensación de que era barrido totalmente cada mañana por las amas de casa”, escribió E. Sabato en su Informe sobre ciegos. ”¿Qué puede esperarse de un país semejante? Una raza de relojeros, en el mejor de los casos”.

Ha de ser la única confederación del mundo donde la voz de las bocinas en las estaciones, para anunciar las salidas, se entiende perfectamente –en Suiza, además, eligieron una voz femenina súper sexy, orgásmica, que me hizo recordar a Jane Birkin susurrando te amo: Je t’aime.

Lujo por doquier. Ferraris, deportivos descapotables, pulidísimos Jeeps en caminos donde ni siquiera hacen falta porque todo está asfaltado sin tachas ni grietas, obsesivamente. Hasta los árboles parecen como obligados a disponer sus ramas a la perfección, así, idílicos, recortados los flecos en forma cónica, la punta respingada hacia arriba.

¿Neutralidad? Pajas. Fantasías. Ilusiones. Un engaño, vaya: la célebre y aplaudida neutralidad suiza no es sino comparsa del más voraz capitalismo industrial y financiero, cuyos fondos dudosos provienen del lavado, el crimen, la guerra, el despojo y la evasión. Aquí cada ciudadano, un soldado; cada casa, un búnker (o, al menos, uno por cada comarca). El día que haya guerra nuclear van a sobrevivir los escorpiones, las cucarachas… y los suizos.

Caro este país cerote. Doscientos quetzales por un mango –¡uno solo!– importado de Tailandia. En la misma tienda, medio litro de cerveza Tell a ocho quetzales (0.8 frs). Más barato que una Gallo. Ha de ser que están prohibidos los oligopolios. No como en Guatemala.

Volvamos a Guate, entonces. Neutralidad activa, le llamaba V. Cerezo a su política de gobierno. Otra obscena entelequia. Pregúntenle de neutralidad activa al CACIF y a los chafas, mandamases de facto contra quienes no pudo ni la labia más hábil y pulida que ha recorrido los cotos privados del Palacio Nacional.

Tanto rodeo (que si Suiza, que si Italia, que si Guate) para reflexionar sobre esta era ambigua y confusa en la que nos ha tocado vivir, donde se condensa y se cristaliza y se consuma la ruptura definitiva entre el discurso y la praxis: lo que se dice versus lo que se hace. La era de las palabras vacías, gastadas, desinfladas, sustraídas ya de toda significación. La era del simulacro y la demagogia. La era de las apariencias que niegan y desdicen aquello que esconden.

Francisco, el papa de Roma, hablando de separar la Iglesia y el Estado, defendiendo la democracia laica, apelando por el respeto a los homosexuales… y el Vaticano sin modificar un ápice su doctrina, oponiéndose a la planificación familiar.

Ya hasta siente uno la necesidad de inventar palabras nuevas, porque las existentes, pudiéndolo expresar prácticamente todo, no reflejan nada.

Bonitas ficciones, como Guatemala y su empresariado solemne, dizque ejemplar; o como Suiza y su parafernalia de relumbrón y su pretendida neutralidad.