Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Trabes chapines

follarismos

— Raúl de la Horra
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Qué duda cabe que somos un pueblo trabado. Cualquiera que sea el significado de este vocablo, creo que traduce la manera torpe como a veces pensamos, sentimos y nos expresamos los guatemaltecos en determinadas circunstancias, sobre todo a través del teléfono. En este contexto, no sé por qué tenemos tantas dificultades para romper el hielo y ser claros ante nuestro interlocutor. Por ejemplo, suena el teléfono y una voz –casi siempre masculina– suelta un “¡hola Raulito!”, o un “¡hola don Raúl!” amistoso y enérgico, seguido de un inexplicable silencio. Intrigado, pregunto: “¿Sí, quién habla?”. Silencio. “¿No me reconocés?” o “¿Ya no se acuerda de mí?”, dice la voz, sin haberme ni siquiera comunicado su nombre. Entramos así al absurdo juego de las adivinanzas, lo que me saca de quicio. Al fin dice: “¡Soy Roberto, o soy Patricia, cómo estás?” ¡Púchica, como si yo tuviera fresca en la mente las decenas y centenas de personas que cruzo durante el mes o el año, muchas de los cuales se llaman igual! ”¿Qué Roberto, qué Patricia?”, indago, y “¿dónde nos conocimos?” Mi interlocutor se siente ofendido porque no lo identifico de buenas a primeras. Al fin, tras largos circunloquios, me entero de que hace un par de años esa persona se presentó ante mí y hablamos durante  cinco minutos en una equis conferencia, o resulta que hace diez años vino como paciente a mi consultorio tres veces.

No es infrecuente tampoco que alguien me hable de equis persona que no conozco y me diga que esa persona asegura ser mi amiga. Al instante intento bajar libros y localizar el contexto en el que pude haber tenido un acercamiento con ella, pero sin fortuna. Entonces mi interlocutor recuerda que la susodicha le había informado que me conocía por un equis congreso de esos que abundan y de los que uno ya ni se acuerda. Se supone que allí habríamos “hecho amistad”. ¿Amistad? ¡Pero si apenas intercambiamos teléfonos y nunca volvimos a comunicarnos! ¡De veras que hay personas que viven contándose y contándonos cuentos! Otro ejemplo de este tipo de fanfarronadas chapinas fue cuando alguien me dijo: “Conocí a fulana, que vive en tu colonia, y me contó que te conoce, que ustedes son como uña y carne!” Me quedé perplejo. Claro que conocía a fulana, pero apenas nos habíamos visto un par de veces al año para intercambiar algunos minutos de conversación. ¡Qué raros que somos, verdad?  ¿De dónde sale esta manía de querer vivir de las apariencias y situarnos por encima de la realidad, encima de nuestras posibilidades, esta necesidad de alardear de amigos, familiares, títulos y posesiones?

Y, por supuesto, ¿cuántas veces algún conocido nos ha ofrecido sin resultado acelerar la solución de un trámite o problema porque dice ser amigo de fulano o zutano, encargado de tal o cual dependencia de gobierno o de una empresa?  La cultura del “conecte” y de las “palancas” se ha extendido como reguero de pólvora y abarca desde una simple recomendación hasta los sobornos de todo tipo, pasando por las pretendidas “influencias” y “amistades”, que casi siempre son ficticias. Todo esto, en parte, como un mecanismo para ganar aprobación y afecto express a través de promesas infladas y chapuceras. Y bueno, concluyendo sobre este tema que se refiere a los problemas de identidad que el guatemalteco de clase media arrastra, quién no ha sido ya alguna vez fulminado con el  mortífero: “¡Claro, es que desde que te compraste carro (o desde que trabajás en…X), ya ni te dignás saludarlo a uno!”, que evidencia el resentimiento que nos despierta cualquier persona que haya mejorado su vida. ¿Y qué me dicen del famoso “No tan bien como tú”, cuando uno pregunta un simple “¿Cómo estás”? Como ven, pues, somos puros trabes.

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