Martes 25 DE Junio DE 2019
La Columna

Sentadito en el balcón

SOBREMESA

Fecha de publicación: 20-02-17
Por: María Elena Schlesinger

En tardes de sobremesa, mi madre nos contaba la historia de Guayo, aquel pequeño grandote y desgonzado que vivió feliz en su casa de ventanales altos y enrejados frente al parque de Santa Catarina, con su triciclo rojo y sus gallinas amaestradas, hasta el día de su décimo cumpleaños, cuando su madre y sus tías decidieron agradarlo celebrándole su día con una enorme fiesta.

La historia nos la contó muchas veces, y puntualizaba el hecho de que ella había conocido a Guayito ya viejito, cuando llegaba a la iglesia a oír la misa de diez del brazo de un señor fortachón y anteojudo. Para entonces, tenía el pelo blanco, estaba sholco y arrastraba los pies como si fueran lanchas. “Era muy amable y daba gusto verle su carita de niño ingenuo, sentado muy recto en la primera banca de la iglesia, esperando el momento exacto de soltar la moneda de 25 centavos de la ofrenda dentro del limosnero de terciopelo, para escuchar el ruidito del metal rebotando en el fondo del saco”.

La fiesta de cumpleaños de Guayito dio mucho de qué hablar entonces, nos comentaba mi madre. Invitaron con tiempo y con tarjetitas impresas con viñetas de niños y perros disfrazados de payasos a todos los niños del barrio y sus alrededores, pero nadie, nadie, “ni mis hermanos mayores, Fernando y Salvador, asistieron porque estaban enfermos con paperas”.

 El día de la fiesta de cumpleaños de Guayo la casa olía a pino fresco recién cortado y las bandas del portón se abrieron desde temprano para que los invitados entraran directo a la casa y se sintieran bienvenidos. Una piñata de barquito y otra de pollo, repletas de confites y sorpresitas, colgaban de las vigas de madera del corredor, decoradas como si fuera día de Corpus, con tiras de banderitas y flequitos de papel de china de colores. Después de la refacción con barquillos, helados y agua de canela con hielitos, los títeres del Portal divertirían a la concurrencia infantil con sus marionetas.

Guayo no entendía muy bien lo que estaba pasando, por lo que le explicaron muchas veces que el pastel con candelitas, forrado con turrón de miel de abeja celeste y salpicado de anisillos de colores y el helado de fresa con crema que batían en la cocina sobre una maqueta de hielo era para los invitados a su fiesta, porque llegarían muchos niños y que todos le traerían regalos.

A las dos en punto de la tarde, el cumpleañero estaba muy bien bañado, peinado, perfumado y vestido con pantalón corto y corbatín. Estaba muy emocionado dando vueltas en su triciclo y cuando ya no aguantó más la inquietud, pidió con señas que lo subieran al balcón para ver, desde las alturas de su atalaya enrejalada con barrotes, el momento cuando comenzaran a llegar sus invitados. Estaba feliz y de la emoción, se levantaba de su sillita a cada rato para aplaudir del gusto. “Mama mama, ya van a venir los invitados”, decía salivando.

A las tres de la tarde todo estaba listo y dispuesto, pero nadie apareció a las tres y media. A las cuatro de la tarde, las tías consolaron a Guayito diciéndole que no se preocupara porque en Guatemala nadie llegaba puntual.

Pasaditas las seis, cuando cayó la tarde y se oyó el graznido de los zanates arropándose en las ramas de los árboles del parque, Rosita comprendió que nadie llegaría al cumpleaños de su hijo. Con el estómago y el corazón retorcidos de tristeza, pidió que por favor cerraran la puerta de calle y que se llevaran el teatrito. Bajó de la ventana a Guayito, quien por primera vez, en un instante de lucidez, comprendió su tragedia de niño solitario, por lo que soltó un llanto tan hondo, triste y profundo que los zanates y los cenzontles que revoloteaban en el parque, guardaron silencio un minuto para acompañar en su pena al por siempre pequeño, Niño Guayo.