Lunes 20 DE Noviembre DE 2017
La Columna

Costalitos de tela de manta

Ayer

— María Elena Schlesinger
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Una vez al mes llegaba de la abarrotería de don Esteban Luján el abasto de azúcar. Mi madre solicitaba el pedido de abarrotes por teléfono, cuando los números no pasaban de cinco dígitos, y la recuerdo, con una falda amplia de flores amarillas y naranja, sentada en el sillón de la salita, discando el 22711 del teléfono de la tienda de abastos.

“Tenga usted el favor de apuntar a la cuenta…” decía mi madre con voz de oficinista: Media libra de jamón, una botella de vino blanco de cocina, media libra de mantequilla de San Luis, un bote de sustancia de carne marca Vobril, tres botellas de agua gaseosa de Delaware Punch, medio galón de gas, y un costal de azúcar, el cual le insistía al dependiente de la tienda, el pelón y amable de don Diego, que por favor le escogiera el más limpio, sin manchones de grasa de carro o todo manoseado.

Al día siguiente llegaba el pedido dentro de una caja de cartón vieja y desvencijada, a la vez que un mozo con dedos cabezones e hinchados, como palos de marimba, ataviado con capa de manta anudada al cuello, cargaba sobre sus espaldas el quintal de azúcar. La carrerita acelerada del mozo, se oía como mensaje trasmitido por telégrafo diciendo, ya no aguanto más este peso que llevo encima de la espalda, y así carrereando, pasaba a toda prisa por el corredor de ladrillo rojo que conducía directo a la cocina.

El señor desplomaba su cargamento pesado y dulce sobre un mueble angosto de patas largas que había detrás de la puerta de la cocina y se retiraba del recinto, después de un vaso de agua fría, limpiándose el sudor de la frente con la manga de la camisa y su capa de cargador de bultos.

El costalito de manta era la alegría de la casa, en tiempos en que no se concebía el despilfarro, los excesos y menos el desperdicios. ¡Cómo imaginar, entonces, botar a la basura aquella manta en donde venía almacenada el azúcar! Nada de eso.

Con mucho cuidado y con la ayuda de una tijerota de pico de cigüeña y una aguja de crochet se descosía el costalito hasta dejar lista y plana casi una vara de tela. Se despercudía y blanqueaba a fuerza de ñeque y empeño; en las piedras del lavadero de la pila, después de muchas untadas de jabón de coche, en olla de agua hirviendo con hojas de azulillo y noches entera de sereno colocadas sobre la teja a la luz de la Luna hasta lograr que la palabra Pantaleón adornada con laureles, impresa sobre la manta con tinta azul y roja, desapareciera lo más posible .

De aquella manta venida como regalo del cielo salieron de mi casa cientos de mantelitos, limpiadores, sabanitas y camisitas para bebé, en tiempos en que los médicos recomendaban la manta fina de puro algodón sobre el pecho del recién nacido para protegerle los pulmones. Se cosían cobertores, sobrefundas y sacudidores, además de un sinfín de costuras útiles para el hogar.

Hoy me vuelve a la memoria la fotografía de mi madre ya grande, sentada en el sillón de la salita, cerca del teléfono, con una lámpara de pie alumbrándole la espalda, cosiendo, esperando nuestra vuelta a casa.

Así la encontré muchas veces, en mi regreso tardío de la universidad, en silencio, con las gafas puestas en medio de la nariz, dándole el terminado final a uno de tantísimos manteles de manta que realizó, adornando con perfecta puntada de diente de perro con lustrina de colores, o con aguja de crochet en mano, tejiendo un encaje minucioso a una panera o servilleta.

Sé que entonces, en su ancianidad, entretenía los laberintos de su mente en cada puntada. Hilvanaba con el hilo y la aguja sus pensamientos; rezando las mil aves María a cada vuelta de punto cruceta, para que regresáramos todos, sanos y salvos, esa noche a casa, en tiempos de la guerra que parece que no da signos de terminar.