Viernes 14 DE Diciembre DE 2018
La Columna

Mienten los políticos, y mienten los medios

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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Admito que soy uno de los que andan maravillados con la elección de D. Trump como presidente de los EE.UU. Su victoria (en la incidencia mediática, en las mentes del electorado, en los debates públicos y por último en las urnas) marca un punto de inflexión en el modo de hacer y de percibir la política. Ya sólo eso me alegra sobremanera. Intentaré explicar por qué.

Que me caiga mal, que en cada una de sus intervenciones demuestre ser un inepto majadero y arrogante, que lo considere un retroceso para su país y una amenaza para el planeta, que luzca sin amagues ni vergüenzas (como podría hacerlo, ya en confianza y al calor de los tragos, cualquiera de mis amigotes) sus dotes de orate vulgar y decadente, eso es harina de otro costal. Aquí no se trata de pintar lo que me gustaría, sino de describir lo que veo. Voy, entonces:

Estados Unidos engendró primero, y luego eligió coronar como jefe de gobierno a esta suerte de monstruo Frankenstein capaz de condensar los rasgos más granados de la mitología pop norteamericana: el cerebro de Homero Simpson, la mezquindad de Rico McPato, el pavoneo misógino de Al Bundy (Married with children), el ademán bravucón de Hulk, la prepotencia de Axl Rose, la entraña buscapleitos de Rambo, el narcisismo mesiánico de Darth Vader, los golpes de efecto de Paris Hilton, la retórica segregacionista de John Wayne, el refinamiento de los Jukka Brothers, la vocación de Terminator, el copete a lo Pablo Mármol…

He ahí la materia prima con la cual los gringos han venido construyendo su identidad, sus valores, sus aspiraciones, su cultura. El éxito de Trump representa no tanto el ocaso del Imperio –el origen de esta decadencia podemos rastrearlo mucho antes en el tiempo– sino la derrota de la demagogia, el cinismo y la mentira flagrante a las que nos tienen acostumbrados los políticos de linaje tradicional.

“Patética la manera cajonera y acrítica como los progres beatifican a Obama”, le escribí días atrás a un colega. “Hipócrita él e hipócritas sus fans, que adulan también a esa arpía, la Hillary, auténtica loba travestida de oveja”. Me expresé así con el recuerdo aún fresco de cómo él avaló, con fondos públicos, el escandaloso salvataje (2008) de los bancos y banqueros estafadores, causantes de la crisis hipotecaria; y de cómo ella defendió su rol en el golpe de Estado en Honduras (2009), a la vez que se mostraba a favor de recetarle otro Plan Colombia a Centroamérica.

Las huestes neoconservadoras y pro-republicanas, mientras tanto, defienden incondicionalmente a su nuevo máximo líder. “La mentira es el modo que la mayor parte de los medios de comunicación del mundo tienen de desinformar”, protestan, en referencia a cómo las noticias distorsionan los hechos y citan fuera de contexto.

¿Cuál es la novedad? ¿Acaso los propietarios y accionistas y anunciantes de esos medios no son los mismos que ahora se quejan? Me alegra que les toque probar un poco de su propia medicina.

Mienten los políticos, sí, pero cada vez con mayor dificultad porque la gente aprende –¡por fin!– a ver más allá de las apariencias y de las palabras vacías. Es una pena que la industria mediática no corra aún con la misma suerte.

Ya le tocará su turno a ella también. Ya le llegará su hora.

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