Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
La Columna

El niño Guayo 2

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger
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El niño Guayo vino al mundo cuando doña Rosita ya estaba sazona, bien entradita en los 40. Estaba tan feliz con su maternidad tardía, que en las tardes calurosas de abril, cuando la gente imploraba al cielo que mandara la lluvia para refrescar el ambiente, Rosita se tiraba en una hamaca que había colgado en el patio, entre los pilares del corredor, a acariciarse con ternura la redondez inmensa del estómago, con la peculiaridad de tener en la parte superior derecha un pequeño abultamiento de consideración.

La noticia de aquel embarazo a destiempo, cuando las ilusiones de la maternidad se le habían ya esfumado, llegó como agua rosada a la vida de Rosita, quien pasó la “dulce espera” repasando arrullos de niño, tejiendo y bordando saquitos y colchitas  para la criatura de sus amores, quien la partera determinó, según su cálculo lunar y el calendario Sánchez y de Guise,  arribaría al mundo en plena época lluviosa, en pleno invierno, a mediados del mes de agosto.

Cuando el embarazo llegó a su punto y la panza de Rosita parecía que iba explotar como vejiga de Corpus, llegaron puntuales y sin anunciarse, los primeros dolores de parto, por lo que Arnulfo, esposo y papá de la criatura, entre desganado y aburrido, fue a llamar a la partera que vivía tres cuadras debajo de la Avenida Elena.

La comadrona acompañó a Rosita durante las primeras 24 horas de su labor de parto, sobándole la panza con manteca de cacao tibia y animándola para que cuando llegara la contracción dolorosa, y el estómago se le enjutara como de miedo, pujara con todas sus fuerzas para expulsar a la criatura que daba muestras de que ya no deseaba estar dentro de su cuerpo. Pero de nada valieron los masajes con la pasta de cacao caliente ni las aguas templadas con anís que le hizo tragar a sorbitos mientras llegaba de nuevo la tempestad del dolor, ni las crucecitas, amuletos y medallas de santa Ana y san Ramón Nonato que la partera le pasó a Rosita por la panza para que el tormento llegara a su fin.  Porque no fue sino hasta cuando la comadrona vio que la cabeza peluda de la criatura no podría traspasar por los umbrales de salida de Rosita, cuando le soltó la mano a la parturienta, empacó sus cosas, y le dijo a Arnulfo que lo mejor sería  que llamara al doctor que vivía enfrente,  porque ella ya no podía hacer nada por aliviar a la señora.

Cuando el facultativo llegó a la casa encontró a Rosita desfallecida y llorando a gritos, agotada por las labores infructuosas del parto. “Siento que la criatura se da golpes de cabeza y no puede salir de mi laberinto”, fue lo último que logró decirle al médico, antes de perder la conciencia.

Según se supo después, la criatura se había salvado de milagro y únicamente gracias a que el médico había puesto en su maletín, antes de salir corriendo de casa,  unas enormes tenazas en forma de cucharas recién traídas de Francia, con las que jaló con fuerza la enorme cabeza del pequeño, liberándolo de la cárcel en donde estaba atrapado.

Guayo hizo su entrada triunfal a la vida dando únicamente un pequeño graznido como de cuervo triste, y aunque el doctor determinó que el pequeño se encontraba en buen estado de salud, pulmones, corazón y número de miembros cabales y completos, apuntó en la receta de instrucciones que notaba un problema serio con el tamaño excesivo de la cabeza del pequeño, que según había revisado, estaba relacionado únicamente con la construcción ósea del recién nacido.

Cuando Rosita despertó del susto y de una pequeña dosis de éter que el doctor le aplicó para proceder a zurcirla después del alumbramiento, notó la flacidez en su estómago y preguntó con ansiedad cómo estaba su recién nacido. “Fue niño”, le contestó el doctor y está en buen estado de salud, dijo, sin atreverse a explicar que aquel único murmullo que hizo Guayo al nacer y el tamaño descomunal de su cabeza no eran buenos augurios para el futuro feliz de aquel a quien con mucho cariño llamarían Guayito.

 

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