Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
La Columna

La nieta de don Alejandro

Ayer

— María Elena Schlesinger
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Don Alejandro Sinibaldi fue presidente de la República de Guatemala únicamente por cuatro o cinco días, gracias a que su esposa le puso un ultimátum: “Yo o la patria”, le dijo con firmeza, y don Alejandro que no tenía madera para ser político, la prefirió a ella, doña Carmen Ramírez, mujer de armas tomar y decidida, según el anecdotario y los recuerdos de familia.

Don Alejandro era hijo natural, y muy buen hijo, según tengo entendido, por lo cual, al fallecer su padre lo heredó de manera única y especial. De forma diferente que al resto de sus otros hijos, quienes recibieron el peculio material, y don Alejandro una sentida mención honorífica impresa en pergamino en donde su padre lo nombraba y distinguía como hijo ejemplar .

En horas de sobremesa, mi madre, nieta de don Alejandro, contaba el día feliz en que la habían retirado del colegio para siempre, todo gracias a su abuelo.

“¿Quién fue el Presidente que estuvo únicamente cinco días en el poder?”, le preguntó la maestra de grado a la pequeña Mariita, quien para entonces no llegaba a los siete años. La niña no sabía la respuesta, por lo cual contestó de manera timorata y en voz baja con un tímido, “no sé”. “Pero, ¿cómo no va a saber usted?”, le replicó la maestra con tono subido y enfadado, señalándola con un fino puntero de madera con punta de goma que a veces funcionaba también para sopapear las palmas de las manos de las niñas cuando no sabían al dedillo responder las tablas de multiplicar. “¿Cómo no va a saber usted?”, dijo otra vez en tono aún más subido. “Si fue nada más ni nada menos que el nagüilón de su abuelo Alejandro!”.

La niña, sin comprender la dimensión del insulto, llegó corriendo con su mamá y le repitió como loro lo que le había replicado su maestra frente a toda su clase, niñas que al unísono soltaron la carcajada al oír la palabra “nagüilón”, la que les pareció sumamente divertida.

Esa misma noche, a la hora de la cena, mi abuela le comunicó a mi madre que no regresaría más a ese colegio, ni a ningún otro, pues ellos se encargaría de su educación en casa, por lo cual la pequeña Mariita, más feliz que una lombriz, regresó a la magnífica rutina del ocio. A ver pasar el día desde los altos de la ventana del balcón de su casa sentadita en una pequeña silla de madera de Totonicapán.

Continuará.

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