Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
La Columna

De tabús e hipocresías (I)

follarismos

— Raúl de la Horra
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Evocaré en estas entregas una serie de temas espinosos que deambulan en los sótanos de nuestra confundida mente y de los cuales no suele hablarse abiertamente porque son tan controversiales, que provocan ronchas y escozor en la sensibilidad de los involucrados. Son parte del polvillo de tabús incrustados como hongos y sarro en las paredes de nuestras creencias y prácticas sociales, y que difícilmente podrán ser eliminados si no se ventilan al sol como los trapos percudidos. En general, es de buen tono no poner en la mesa de discusión ninguno de estos temas, y por eso las buenas conciencias evitan enfrentarse a ellos en nombre de una corrección política que expresa temor, conformismo, inepcia e hipocresía.

Dos de los tabús más terribles y absurdos anclados en las ideologías conservadoras como son, por un lado, la necesaria educación sexual de los ciudadanos y la reglamentación del aborto, y por el otro, el de la eutanasia, no serán abordados en este artículo. Aquí me referiré más bien a los tabús que tienen que ver con cierto uso del lenguaje y con las representaciones mentales que de él derivan, sobre todo dentro del pensamiento o las ideologías que se dicen de izquierda o “progresistas”.

Pongo un ejemplo: alguien me dijo que no se puede o no se debe calificar a ningún cretino como “retrasado mental”, porque eso significa un insulto para los discapacitados (tampoco hay que decir “discapacitados”), o sea, para las personas con “capacidades especiales” (eufemismo utilizado para no decir “individuos con limitaciones en tal o tal esfera”). Tampoco se puede o debe afirmar que hay mujeres o gente que lanza gritos “histéricos”, porque esa palabra estigmatiza o insulta al sexo femenino, ya que originalmente la palabra “histeria” se utilizaba en los albores de la psiquiatría para caracterizar los comportamientos histriónicos de las mujeres que padecían de “furor uterino” o “ninfomanía”.

Lo que nos lleva a la cuestión de si entonces será políticamente incorrecto también decir de alguien, simbólicamente hablando, que está “ciego” (¿Pero tú estás ciego o qué?!) “sordo”, “mudo” o “cojo”, ya que esto significaría insultar o burlarse de los “no-videntes” (creo que este vocablo también está proscrito), etcétera. Y, más allá, estos ejemplos nos conducen a la cuestión de si es “adecuado” o no utilizar el habla, simplemente, ya que casi todas las palabras que usamos tienen una etimología que se ha alejado de su significado original a través del tiempo. Si seguimos esa misma lógica, tampoco podría decirse de alguien que “tiene mucho carácter”, por ejemplo, porque “character”, en latín, se refería a un hierro para marcar ganado, y entonces, de cierta forma, se estaría insultando a la persona diciéndole que es una vaca o un burro. Entiendo que hay que ser cuidadosos y vigilantes para no utilizar el lenguaje de cualquier manera, pero mi impresión es que en los últimos años se ha pasado de una cierta promiscuidad o relajamiento, a una especie de puritanismo y de “corrección política” voluntarista y ridícula, que en lugar de enriquecer el idioma y hacerlo eficaz, lo empobrece y desvitaliza.

Este es, pues, el planteamiento que dejo encima de la mesa para que reflexionemos sobre ello y para que los que tienen algo que decir, lo digan con argumentos y sin insultos ni anatemas (que, por desgracia, se ha vuelto la forma típica como los y las representantes de las “nuevas iglesias del conocimiento” expresan su desacuerdo en las redes sociales cuando alguien no piensa como ellas).

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