Martes 20 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Váyanse todos al carajo

follarismos

— Raúl de la Horra
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Quizás sea debido a la edad, a la monotonía o al hartazgo, o tal vez a la mezcla de esos tres factores, el caso es que estoy viviendo una racha de asqueo profundo que me impide leer con serenidad las noticias de los periódicos, escuchar sin rechistar la inepcia de los comentaristas en la radio, y ver la suma de imbecilidades cada vez más insulsas e incomprensibles que las lagartijas de la vida política vierten sobre las pantallas de los televisores, sin que me entren ganas de agarrar el mío a patadas y largarme después lejos, muy lejos.

No sé a ustedes, pero hay un momento en el que uno se cansa de que lo tomen por idiota o de que estén tratando de darle atole con el dedo (como decimos en Guatemala) como si fuéramos débiles mentales, aunque probablemente sí lo somos, puesto que la inmensa mayoría de diputados y hombres públicos, así como en general el grueso de señoritos que manejan nuestros destinos colectivos, han sido electos activa o pasivamente con nuestro voto, o nuestra venia, o nuestra indolencia, o nuestra ignorancia, o nuestra ingenuidad, o nuestra cara dura.

Cierto es que el montón de hombrecitos-lagartija con o sin bigote que han abrazado la política y los negocios en nuestro país como si se tratara de una religión –y la religión como si fuera política o negocios–, apestan a corrupción, impunidad y cinismo. Pero no hay que olvidar que ellos son auténticos retoños de nuestra tierra, provenientes de virtuosos hogares cristianos con los mismos principios seguramente que usted y yo heredamos de nuestros padres y que probablemente ya hemos transmitido a nuestros hijos. Lo que me lleva a pensar –con horror, pueden imaginarse–, que si usted o yo fuéramos escogidos para ejercer algún cargo público, probablemente terminaríamos repitiendo los mismos discursos, los mismos gestos y las mismas promesas que han hecho todos los hombres-lagartija desde que el país existe, sin que nada, pero absolutamente nada, haya cambiado para hacer que este territorio se vuelva un sitio habitable para todos.

Y bueno, esta semana se rebalsó la bacinica. Que si el Presidente Morales, que si los chanchullos de su hijo y de su hermano, que si la jueza, que si el juez, que si el alcalde de la capital, que si el antejuicio, que si el Congreso, que si la Comisión Pesquisidora, que si las comisiones extraordinarias, que si el MP, que si la CICIG, que si la Corte Suprema de Justicia, que si el CACIF, etcétera. Esto, además de la floración de asesinatos cotidianos, asaltos, robos, tráfico de droga, todo ello entre cánticos religiosos, llamados a la paz y cadenas de oración, hace que uno se sienta empachado y aturdido, como si estuviéramos al interior de un carrusel del cual quisiéramos bajarnos, como si Guatemala se hubiera vuelto una pesadilla que empieza nuevamente cada vez que uno cree que termina.

Y para colmo, ayer, la investidura del señor Donald Trump. Que si el discurso, que si el famoso almuerzo, que si los invitados. La locura. Un millón de personas allá, en el descampado de Washington, para ver de lejos a un dinosaurio rubio y regordete gesticulando y diciendo cosas que a todos nos suenan muy fumadas, pero que a lo mejor dicen algo. Mientras tanto, harto ya de lagartijas y de dinosaurios, al menos durante este fin de semana, me atrevo a gritar: ¡Por favor, váyanse todos al carajo, que necesito descansar! El problema es que los saurios no se inmutarán mientras no salgamos por millones a las plazas y calles a destruir esta nueva y horripilante edad de piedra que se nos está viniendo encima.

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