Viernes 24 DE Mayo DE 2019
La Columna

Legitimar el mercado negro

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 20-01-17

A Estados Unidos le debemos, entre otras cosas peores, la tradición de abordar el problema de las drogas desde una posición fundamentalista. Dicha perspectiva brota –nos recuerda A. Escohotado– a principios del siglo anterior, en una Norteamérica consciente de su futuro como superpotencia y aleccionada por la doctrina del Destino Manifiesto, que contempla una regeneración moral del propio país y el resto del mundo.

En 1914, mientras Europa se lanza a la primera Gran Guerra, el Congreso de EE.UU. aprueba un paquete legislativo que incluye a) restringir la disposición de opio, morfina y cocaína a médicos y farmacéuticos; b) ilegalizar la producción y consumo de cualquier bebida alcohólica, salvo el vino de la misa; y c) generalizar a toda la Unión lo impuesto ya en materia de tabaco por 28 Estados, que era prohibir su empleo en cualquier lugar público.

Desde entonces empiezan a observarse algunas consecuencias nefastas en la sociedad estadounidense: contrabando, corrupción institucional, crimen organizado, desprecio por la ley, los primeros yonquis en masa. Es el resultado de apostar ciegamente por el dogma en vez de atender evidencias y razones.

Poco ha cambiado desde entonces. Las políticas ensayadas, una tras otra, aquí y allá, son variaciones de aquella misma visión chata, obnubilada por la fiebre religiosa, debilitada de origen por errores de planteamiento y cundida además de vicios de procedimiento.

La línea misma que distingue cuáles drogas son legales y cuáles no es, ya desde el principio, de lo más arbitraria: ¿acaso el consumo de guaro es más benévolo para la salud que el de cannabis? ¿A cuenta de qué el clonazepán, cuya venta es permitida bajo prescripción en farmacias, se considera menos adictivo y pernicioso que el LSD, de cuya ingesta no se conocen aún casos de dependencia ni de sobredosis?

Otro desliz de planteamiento: ¿por qué se fomentan los usos médico-terapéuticos, a la vez que se condenan los usos festivos y se reprimen los usos chamánicos? ¿Por qué lo primero ha de ser intrínsecamente bueno mientras lo segundo y lo tercero se reprueban como algo necesariamente oscuro, peligroso y malo? El tufo a moralina provoca arcadas de asco.

Y si pasamos a hablar de los vicios de procedimiento, ¿qué tal el sinsentido de enfocar el peso de la represión no en el país del Norte donde el producto final (la cocaína) se consume a narices llenas sino en la región del Sur donde la materia prima (la hoja de coca, que las culturas originarias consideran parte irrenunciable de su legado) viene siendo cultivada desde hace miles de años sin hacerle daño a nadie, y en las naciones del Centro donde algunos empresarios se involucran en el negocio ilegal del “polvo blanco que no es harina” seducidos por la atractivísima rentabilidad que obtienen trasegándolo?

Más aún, ¿en nombre de qué dudoso sentido de la moral y de la justicia se castiga sobre todo a adictos y vendedores al menudeo en vez de cebarse contra la red mafiosa que une en archimillonario contubernio a los poderosos cárteles del narcotráfico con la policía supuestamente ‘antidrogas’ y con los políticos del más alto nivel?

Bueno, y eso sin mencionar a los banqueros, cuyas colosales lavanderías de dinero son responsables de legitimar lo ilegítimo, permitiendo así el ingreso a la formalidad de un capital percudido de sangre y de muerte.

Hagan cálculos: de no ser por toda esa plata sucia que entra del narco, la economía guatemalteca hace ratos hubiera tronado a sapo. Ya fuera de hipocresías, ¿qué tal si legitimamos el mercado negro de una vez?