Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Las tilicheras

Ayer

— María Elena Schlesinger
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Los armarios y las tilicheras han sido por años los muebles más queridos y entrañables de los guatemaltecos de ciudad. Los armarios guardan la intimidad de las personas, sus haberes personales más íntimos y hasta sus secretos. Todo lo que debe estar fuera del ámbito social público.

Las tilicheras o vidrieras, por el contrario, son esos pequeños muebles diseñados con vidrios y estanterías de madera, escaparates, cuya función primordial es la de guardar, a la vista, los pequeños tesoros o trofeos de familia.

En las tilicheras se guarda de todo, al gusto del cliente, pero principalmente los objetos pequeños, los más queridos o significativos. Muchas veces, los que han sido heredados de generación en generación, como la tacita de china en donde tomaba la leche caliente y endulzada la abuela cuando era pequeña; el tenedor de plata de la tía con el nombre grabado con letra cursiva o la colección de tacitas china, sobrevivientes de los terremotos.

En las tilicheras se guarda todo aquello que no queremos que se quiebre o destruya, pues consiste en el patrimonio en miniatura de toda una vida. Se colocan a la vista, en los lugares públicos de la casa como salas y comedores, y en estos tiempos principalmente en las casas más tradicionales.

Su disposición interna no guarda alguna estética específica sino lo importante el el almacenaje las pequeñeces más significativas de la casa: los novios que decoraron el pastel de bodas de la hija o la muñequita quinceañera, hasta un recuerdito de matrimonio va a parar a la tilichera.

Debemos de admitir que las tilicheras las colecciones de pequeños objetos han dejado de estar a la moda últimamente, sofocados por el nuevo gusto minimalista y de grandes proporciones, en donde intuyo no hay cabida para los sentimientos personales e íntimos.

Confieso que me encantan los comedores con tilicheras, pues me permite conocer, dibujar e imaginar a los habitantes de la casa. Estos muebles repletos de fantasías me devuelven a tiempos más sinceros y menos complicados, en donde nos sorprendía la magia de ver nevar dentro de una bola de vidrio. En donde los logros, haberes y los tesoros de la vida de una casa, podía exhibirse dentro de una vitrina, como el título de educación media o el regalito de la tía, el vasito pintado para poner los mondadientes.

Las tilicheras guardan los tesoros de la casa; importantes solo a la familia por su valor sentimental, como las moneditas de cinco centavos bañadas en pintura dorada que sirvieron como arras en el matrimonio de los padres; la colección de botellitas de licor o las cucharitas con el nombre del país visitado en la excursión a Europa. O yo, que en mi tilichera personal del comedor de casa guardo el pequeño pavo real de plástico que me encargó cuidar mi tía precisamente antes de morir y la pequeña góndola que perteneció a mi padre, de filigrana plateada y esmalte, con la que el pequeño Luis jugaba en solitario, por los mares azules de papel su viejo Atlas inglés.

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