Martes 17 DE Octubre DE 2017
La Columna

El legado de Jacobo Rodríguez

Lado b

— Luis Aceituno
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La obra de Jacobo Rodríguez Padilla, uno de los más caros mitos de la pintura guatemalteca del siglo XX, está a punto de desparecer incinerada o, en el mejor de los casos, de subastarse al mejor postor como curiosidad u objeto decorativo. Luego del fallecimiento en París, en octubre de 2014, de este legendario pintor y escultor, el Estado francés tomó posesión de sus bienes hasta poder localizar a sus herederos directos. Jacobo murió intestado y la propiedad de su obra debería de pasar, en principio, a manos de su hijo Akbal Rodríguez, que desapareció de manera misteriosa hace unos años. Aunque todas las averiguaciones sobre su paradero indican que murió luego de haber abandonado el hospital de La Antigua Guatemala, a donde había llegado gravemente herido víctima de un asalto, al no haberse encontrado su cuerpo, no puede declarársele oficialmente muerto. El asunto es que uno de nuestros legados artísticos más importantes se pierde en una serie de disposiciones burocráticas y está a punto de desvanecerse para siempre. Si viviéramos en un país de verdad, respetuoso de su memoria, de su historia y de su herencia cultural, Guatemala podría negociar con Francia la propiedad de la obra, pero las instituciones que pueden dar trámite a esta gestión han mostrado un desinterés absoluto. El arte no es un asunto de Estado.

Difícil de explicar en un pueblo como este la importancia de un hombre que no hizo ni fama ni fortuna. De un hombre que pintaba porque eso era lo suyo. De un ser humano extraordinario que sintió este país hasta las entrañas y dedicó su vida a ennoblecerlo por medio del arte y de una ética incorruptible (y aquí se desprecia todo aquello que no se puede corromper). Nacido en 1922, Jacobo fue un testigo excepcional del paso de la dictadura a la revolución. Sabía lo que era la oscuridad y la opresión y por eso defendió con tanto ardor la luz y la libertad. Nunca supo lo que era una pistola, pero estaba seguro de que se podía combatir el fascismo con un lápiz y un pincel. Los gobiernos de Arévalo y de Árbenz le dieron una patria por la que valía la pena luchar. A eso dedicó su existencia. Miembro fundador del colectivo de artistas revolucionarios Saker-Ti, fue parte de la generación más brillante de la historia del arte guatemalteco; de ese grupo que, a mediados del pasado siglo, colocó la pintura, el grabado, la escultura, el muralismo… como el principal emblema nacional. La intervención y el golpe de Estado de 1954, lo llevó a vivir hasta su muerte, a los 92 años, en el exilio. Juró que no regresaría al país hasta que no se instaurara una democracia plena y lo cumplió. Así se convirtió en una especie de reserva moral que guardábamos fuera de nuestras fronteras y que para los que crecimos en una Guatemala corroída por la podredumbre y la degradación se instituyó como un referente precioso y necesario de dignidad.

Para mí conocer a Jacobo fue un privilegio. Una conexión directa con lo mejor que ha producido este país. Nuestra amistad de varios años fue una discusión constante sobre Guatemala, sobre lo oscuro y lo luminoso que puede ser a la vez este país, una reflexión sobre el arte, la literatura, la historia. Un acercamiento directo a esos maravillosos cuadros que pintó y que encierran en sí mismos nuestra esencia, nuestra capacidad de crear un mundo diferente, más humano, más justo, más digno.