sábado 7 enero 2017
La Columna

Libertad, divino tesoro

follarismos

— Raúl de la Horra

Hay en la ciudad de Guatemala un pequeño grupo informal compuesto por una decena de locos procedentes de horizontes académicos diversos –en el que dominan los filósofos–, que nos reunimos cada quince días para almorzar y hablar de temas variados tales como el de la libertad, que es el que ha ocupado nuestras últimas lecturas a partir de autores como Kant, Heiddeger y Sartre. Y puesto que las reuniones tienen lugar en una hermosa casona situada cerca de la iglesia de La Merced, en la zona uno, el grupo ha terminado por adoptar el emblemático y misterioso nombre de “El grupo de la Merced”.

En la reunión de hace dos días, abordamos el concepto de libertad en Sartre, y convinimos en lo exagerada e irreal que resulta su pretensión expresada en el texto filosófico “El ser y la nada”, así como en el texto literario “La náusea”, de que todos los seres humanos somos absolutamente libres, es decir, que si alguien quiere o planifica algo para sí mismo, entonces no tiene porqué no encaminarse hacia ello y obtenerlo por encima y en contra de las circunstancias. Aproveché la discusión para compartir una historia personal que ilustra los vericuetos por los que –al menos en mi caso– ha pasado esta bendita noción de libertad.

Resulta que el motivo que me impidió terminar mi tesis de doctorado en Francia y cuyo rimbombante título era “Estructura ideológica de la clase media guatemalteca: el caso de los intelectuales”, a pesar de haberme lanzado de cabeza en su redacción, fue precisamente la imposibilidad con la que me topé, al final de la investigación, para demostrar el presupuesto que sustentaba mi trabajo, a saber: que las condiciones sociales determinan el desarrollo de la conciencia individual y social, es decir, en última instancia, el desarrollo del individuo, y que la libertad es una ficción, pues nuestros parámetros de elección están marcados irremisiblemente por la cultura, la clase social a la que pertenecemos y las prácticas y la ideología asimiladas (los valores, creencias y expectativas, etcétera) en el medio familiar, escolar y social.

Después de la escritura bien documentada del aparato teórico y metodológico, al analizar el material recabado a partir de las entrevistas en profundidad que había hecho a diversos intelectuales guatemaltecos de clase media en el exilio, me encontré con que, a pesar de los férreos condicionamientos materiales e ideológicos en los que ellos habían crecido, un número significativo, por razones microscópicamente “irrelevantes” (influencia de un amigo, un conflicto con el padre, la lectura de un libro, un enamoramiento, el vuelo de una mariposa), habían abrazado alternativas ideológicas y políticas totalmente contrarias a las de su medio social y familiar, constituyéndose así en verdaderas excepciones a una regla que, efectivamente, tenía un sustento real y funcionaba eficazmente, pero no siempre y no en todos los casos.

¡Cataplúm! Ello significó un tortazo que me obligó a abandonar mi pretensión al doctorado, porque la existencia de estas excepciones contradecía o problematizaba demasiado la hipótesis planteada, así que tuve que rendirme ante el hecho de que se dan (¡afortunadamente!), a pesar de las circunstancias llamadas “macroestructurales”, muchos resquicios,  rendijas o espacios de libertad posible que afloran sin que uno sepa ni cuándo ni cómo, echando por tierra los cálculos y las suposiciones más rigurosas. Entonces entendí el significado de aquella simpática frase que dice que una vez anotadas las condiciones de altitud, temperatura, velocidad del viento, etcétera, el individuo hará siempre… ¡lo que le salga de las narices!