Martes 17 DE Octubre DE 2017
La Columna

Qué de a huevo va la Virgen…

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda [email protected]
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La política de Guatemala en materia de combate al narcotráfico es, por default, la que nos impone el gobierno de los Estados Unidos. ¿Tiene esto por qué ser así? No necesariamente.

Me explico: por un lado, sería ingenuo y hasta temerario contravenir los designios del fornido Tío Sam, quien a capricho considera que pertenecemos a su patio trasero. Washington no permitiría que un vecino tan cercano y a la vez tan nimio como nosotros se le rebele. Valga la comparación, el chucho a la orilla del camino puede amagar todo lo que quiera pero el tráiler que va pasando no va a detener su marcha –y el piloto ni siquiera escuchará el tronido de huesos cuando las llantas le pasen encima.

Por otro lado, de nuestra parte es una soberana estupidez no hacer siquiera el intento de discutir con el Gran Jefe algunos detalles que nos afectan sobremanera. Echando mano de operadores sagaces (cancilleres, embajadores y cabilderos armados de discurso claro, objetivos realistas, conocimiento de la materia y un mínimo de dignidad), a otros países tanto o más pequeños que nosotros en lo económico y en lo territorial les ha ido mejor en sus relaciones bilaterales con el Norte. Es el caso de la notable Costa Rica.

A la vez, países grandotes y pesados han entregado las nalgas cediendo a modelos obsoletos y contraproducentes como los suscritos en el Plan Colombia (1999) y el Plan Mérida (2008). En ambos casos, y en el nuestro también, se observa la misma pauta: los gringos ocupan el rol del especialista de bata blanca que formula su hipótesis, diseña el test, elige la muestra y la somete a prueba más allá de sus fronteras; ellos patrocinan el experimento, a nosotros nos meten en el tubo de ensayo; ellos ponen el recurso logístico y tecnológico, nosotros –usted y yo, su familia y la mía, simples cobayas– ponemos los muertos. Qué de a huevo va la Virgen, y los cucuruchos bien pisados, dirían en el barrio.

Cultura de terror, pérdida de vidas humanas, crisis de autoridad, índices nunca antes vistos de letargo y de cinismo… vaya si nos ha salido caro el voto de obediencia. Bien haríamos en profesarle menos devoción a ese fetiche que tan mal nos paga.

Dos semanas atrás, en este mismo espacio, me permitía cuestionar los efectos del Plan Colombia. Parece que no ha quedado lo suficientemente claro por qué la política de combatir la producción en los países de origen es dolosa y fallida. Intentaré ser más elocuente ahora:

El cultivo y consumo de la hoja de coca es parte de la cultura milenaria de los pueblos originarios en ciertos países de América del Sur. Evo Morales, presidente de Bolivia, llegó al poder no por ser indígena sino en su calidad de líder cocalero. Pretender que se erradique el cultivo de esa planta (materia prima para la eventual obtención de cocaína) no sólo es irrespetuoso sino a todas luces inviable.

¿Qué pasa en Guatemala con el cultivo de amapola y de cannabis? El principio debería ser el mismo: que los elotes los pague quien se los harta, no quien los cosecha.