martes 3 enero 2017
La Columna

Rubén Darío, el iluminado (1)

Viaje al centro de los libros

La sola mención de Rubén Darío hace pensar en ritmo y métrica, en versos melodiosos y memorables construidos con ingenio; en suma, en poesía tradicional, lo cual es una gran paradoja cuando apenas un siglo atrás los leoneses lo enterraban como al más grande renovador latinoamericano de la poesía en lengua española.

La vida es breve, no cabe duda, y las modas vuelan. Pero la epifanía de Darío trascendió los límites del tiempo, y continuará iluminando más allá de nosotros. Él lo supo de inmediato, y con arrogancia recomendó a sus seguidores del apasionado movimiento modernista de Buenos Aires que: “Lo primero, no imitar a nadie, y, sobre todo, a mí”. El poeta fue enterrado parcialmente en la Catedral de León, al lado derecho del altar mayor, bajo un felino de mármol desfallecido y triste. Siete cañonazos se dispararon al aire en su honor, sonaron las campanas de la ciudad al unísono, mientras en misa solemne se le rendía honores de príncipe. El cuerpo llegó incompleto a su última morada porque el sabio doctor Debayle extrajo sus vísceras durante la autopsia, y aprovechó para quedarse con el cerebro con la intención científica de analizarlo y descubrir en dónde radicaba el secreto de su inteligencia prodigiosa. Tal atrevimiento produjo una intensa disputa entre los deudos legales y el médico, y el cerebro del poeta permaneció horas en prisión dentro de un frasco en formol esperando la decisión del Presidente de la República, quien otorgó la reliquia a la viuda oficial, Rosario Murillo. Al sabio Debayle le entregaron el corazón para consolarlo, según cuenta su biógrafo Edelberto Torres en La vida dramática de Rubén Darío, y los riñones fueron donados a la Universidad.

El principal poeta de Centroamérica nació el 18 de enero de 1867 en Metapa, una mínima aldea en Matagalpa. El recorrido de dos días de León a Metapa, atravesando extensas tierras desérticas y áridas, lo hizo su madre Rosa Sarmiento en carreta jalada por mulas cuando ya estaba a punto de dar a luz. Iba huyendo del mal trato de su marido Manuel García. Nació Rubén en la casa de la tía Josefa, en un pequeño cuarto de esquina, donde hoy está el triste museo al cual peregrinan sus admiradores. El sopor es agobiante, el cielo azul y, a lo lejos, se escucha el rumor de la corriente de agua del río, en la actualidad confundido con los motores de los automóviles que circulan por la carretera asfaltada. (Continuará)