Sábado 31 Diciembre 2016
La Columna

La bella putrefacción

follarismos

— Raúl de la Horra

El tiempo viene a ser esta confusa y fugaz mezcla de anhelos, miedos, decisiones, placeres, concesiones, caídas, dolor, encuentros, decepción, aprendizajes, pérdidas, sufrimiento, amor, lucha, estupidez, arrepentimientos, inconsciencia, pasión y muerte que nos atraviesa como un espasmo eléctrico al interior del cual nos deslizamos por el torbellino incontenible sin saber si lo que nos atraviesa surge adentro o viene de afuera, porque ya no hay adentro ni afuera sino solamente esta sensación de vaivén, de molino perpetuo del que formamos parte al tiempo que lo reproducimos en nuestras células mientras nos aplasta y devora, y cuya energía putrefacta alimenta los intersticios de los planetas y de las galaxias para reconstruir el universo entero y parir de nuevo el destello de la vida atrapada, por ejemplo ahora en este momento único, irremplazable, en el que el goce de nuestras copas chocando por el año nuevo nos trae el recuerdo de los queridos ausentes, de los que fueron y ya no volverán, así como la alegría por los que todavía nos acompañan y el remordimiento por los que vendrán, pobrecitos ellos, habrá que pedirles perdón y explicarles que no lo hicimos con mala intención.

El tiempo, sí, como descomposición de esta pasta fascinante que es la vida y que nunca nos resulta suficiente pues se evapora y nosotros con ella desde el instante en que empezamos a creer que entendíamos de qué se trata todo esto: glouuup!, succionados, volatilizados en un abrir y cerrar de ojos con todo y pelos, dientes, calzoncillo, papeles y chequera, conducidos entre rezos y llanto a los oscuros espacios de la memoria, allí donde quedaremos sepultados y nos fundiremos despacito con los jugos vitales de la tierra que nos abrazará y convertirá en abono para completar un ciclo más de la noria, como esos carruseles de feria que dan vueltas y vueltas mientras algunas personas suben y otras bajan, al tiempo que las estridencias de la música retumban sin parar con sus luces y risas y gritos, entonces te das cuenta de que lo único que tiene sentido es disfrutar al máximo sin jorobar al prójimo, de modo que ¡choca conmigo esa copa amigo, amiga, grita tu amor por la vida, pídele perdón a quien dañaste, abraza al vecino, dale de comer al pobre, atiende a tu madre, besa a tu hermano!

Cada fin de año es lo mismo: pensar en los idos y en los que quedan, dar gracias por haber sobrevivido, hacer buenos propósitos para el año próximo. No sé por qué, este año da la impresión de haber sido más goloso que otros en muertos y desaparecidos, en accidentes, en confrontaciones. Los periódicos siempre muestran con bombo y platillo los grandes hechos trágicos, pero callan o hacen invisibles los pequeños dramas cotidianos e interminables, las nimias miserias de cada día, los sufrimientos que no alcanzarán jamás a tener el estatuto de acontecimientos dignos de ventilarse en público. Al parecer, estamos entrando en una era global de absurdos económicos, políticos y sociales que anuncian nuevas y más alucinantes catástrofes. Tal vez sea solo una falsa alarma, ojalá, pero mientras se averigua, pienso que lo que cada uno de nosotros podría hacer es ponerse la mano en el corazón y preguntarse si está satisfecho con la vida que lleva. Y si no, pues amarrarse los pantalones, los huevos, los ovarios o lo que sea, y tomar de una vez por todas alguna decisión antes de que sea tarde. Porque el tiempo, damas y caballeros, no perdona. ¡Nos estamos desintegrando! ¡Así que feliz año a todas, a todos y a todes (creo que es así como hay que decir)! ¡Salú!