Martes 25 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Pobres, pero felices

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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Hay medios de comunicación autodenominados “informativos” que se atreven a reproducir embustes tales como el resultado de aquella encuesta según la cual los guatemaltecos ocupamos el puesto número uno en el ranking de la felicidad mundial.

Lo peor es que la gente se lo cree. Y no sólo eso: las empresas (es decir, los empresarios y sus agencias de publicidad) se sirven de la “noticia” para insistir, a su manera, en lo mismo y recetarnos dosis aún más empalagosas de desproblematizada demagogia. Todo con tal de capitalizar el candor popular, generar simpatía y estrechar el vínculo entre consumidores y marcas.

El resultado conduce al enajenamiento social, a la disociación cognoscitiva, al cretinismo cínico: a no ver que estamos cundidos de paisanos mordiendo el polvo, pasando hambre, comiendo mierda.

O a verlo, sí, pero con buenos ojos. Es el caso de la esposa de uno de mis parientes cercanos –no diré cuál– a la que le dio por opinar sobre cierta foto de D. Chauche colgada en la pared de la sala donde estábamos: una señora muy entrada en años, la mirada lacerante, el cuerpo doblado por el peso a cuestas de severenda carga de leña; en el regazo un niño, nieto suyo probablemente, de gorra haca arriba, suéter harapiento, ceño semifruncido y ojos negros como el futuro. La viva imagen del desamparo.

Foto: Daniel Chauche.

“Así les gusta vivir, siendo pobres; eso es lo que quieren”, fue su comentario. Sólo le faltó decir: “¡Ala, dichosos, qué felices se ven!”.

De poco sirve trascender el llorón y lastimero “pobrecitos los pobres” (así, golpeándose el pecho lavan su culpa los cristianos, con lo cual sosiegan el malestar propio aunque afuera la realidad permanezca intacta) si el cambio de perspectiva no contribuye a salir de la inmovilidad ni del engaño.

Volviendo a la idea del principio, me pregunto cómo le harán los encuestadores para medir en las personas algo tan inasible y subjetivo como su grado de felicidad. ¿Será la secreción de endorfinas? ¿El número de sonrisas por minuto? ¿O la distancia entre situación actual y nivel de expectativas?

Cualquiera que se deje seducir por semejantes tonterías merece que le mientan. Lo jodido es que tanta ingenuidad sale cara… y a la larga el precio terminamos pagándolo todos.

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