Miércoles 26 DE Junio DE 2019
La Columna

El Disminuido

buscando a syd

Fecha de publicación: 15-12-16
Por: Maurice Echeverría

Quien conozca al Disminuido, que le ofrezca un abrazo. Dios; que alguien abrace al Disminuido. Pero no servirá de nada. El Disminuido está más allá de todo abrazo. En el inventario, en el balance de su vida, solo hay una larga columna oscura. En una época todavía le veíamos caminar o hacer ciertas liturgias, pero luego una esfera de tedio, una tediosfera, penetró su corazón sin defensas, y perdió todos sus poderes. Los machos alphas y los proxenetas lo pateaban, en los callejones, lo ahogaban en algún río de entropía, incluso le cortaban los tendones. Por tanto, el Disminuido ya no sale más de la estación espacial en donde vive. Los clanes y las tribus, recíprocamente, ya no lo buscan. De su estado deplorable, de su chovinismo hipertrofiado, de su lógica torcida, de su amplia arrogancia, ya ni hablan. Y él se pasa las tardes leyendo a autores norteamericanos del siglo pasado, o hablando solo. Ahí lo tienen: el Disminuido. Hace meses que no termina una canción. Para él, todo es ya débris y todo eco. El Disminuido es menos siempre. Es menos más. Crecerán las flores, pero crecerán en la muerte. Crecerán más que nada en la locura, y no en la dulce, no en la sedante, sino en la irreductible, en la fractal locura del Disminuido, que por estos días se está quedando sordo. Pobre Disminuido. Su fluido vital se escapa por las rajas de sus dientes. Para el Disminuido ya todo es Cuesta Abajo. En su universo no existen los tónicos. Come lechugas podridas y amarillas. Eso explica porqué da tanto asco a las felatrices. No tiene dinero, así que escucha la misma canción, la misma ranchera anciana que dura siempre lo mismo (2:56) y que lo va catabolizando milimétricamente. Para mientras, sus gónadas se van haciendo chiquitas, chiquitas. Sus años son como lotos desgarrados por los ácidos de la noche. El cadáver de la mano de su madre está en una prisión de legos. El Disminuido grita como un profesor loco, como un rey chalado y vanidoso y charlatán y castizo. Sus dedos explotan como errores. A veces escribe cosas en las paredes con un marcador que ya no pinta. Los guiones inacabados yacen y se historifican en su escritorio. Entretanto la estación se cae a pedazos, como un tugurio abandonado, saturado de camarillas de cuervos y zanates navajeros, los eternos ocupantes, los genuinos herederos, que duermen y se amanceban y se matan entre ellos. Todas las esquinas del Disminuido están deprimidas, y si las tocan con un palo, emanan disonancias mefíticas y demónicas, braman oberturas frías, que matan todo inocencia, y atraen a los fantasmas/tacuazines. Pero eso qué le puede importar al Disminuido. El Disminuido sabe que su rostro será el mismo siempre, aunque lo desfigure con un cuchillo. Lo cierto es que el Disminuido ya revisó todos los rincones y para él la búsqueda ha terminado. El Disminuido nunca más será el Aumentado. No hay sol alguno para este invierno.