Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Mal chiste

lucha libre

— Lucía Escobar
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Diciembre nos obliga a cerrar ciclos, a ver para atrás y contabilizar aciertos y desaciertos.

Soy guatemalteca, parte de este conglomerado de personas que sobrevivimos en un barco que parece no tener rumbo y estar siempre al borde del abismo, comandado nada más y nada menos que por un cómico de tercera categoría. En este barco, le sacamos chiste a todo, nos reímos mucho, intentamos siempre divertirnos en medio de la adversidad, y tratamos de verle el lado positivo a todas las cosas.

Trato de analizar 2016 y comparado con 2015 siento que tuvimos un gran frenazo, que luego de la llamarada de tuza que fueron las manifestaciones del año pasado, nos quedamos durmiendo en nuestros laureles, obsesionados con los éxitos temporales, con saber que algunos de los ladrones más descarados del gobierno patriota estaban presos. Cada día que pasa, las noticias alrededor del caso de La Línea, de los capturados y de los juicios, se hacen más pequeñas. Nuevos escándalos atrapan las portadas de los periódicos. Nuestra furia e indignación se acomodó de nuevo en el día a día. Y nos dejamos manipular por el miedo que nos inculcan las elites desde algunos medios de comunicación.

Este año tuvimos la oportunidad de cambiar algunas de las reglas del juego y no lo logramos. ¿Qué pasó con el impulso que tuvo la sociedad civil el año pasado? ¿Dónde la constancia de las demandas? ¿Por qué no salimos a manifestar para obligar al Congreso a quitarse de una vez por todas, el manto de impunidad que los protege bajo la figura del antejuicio? ¿Cuál es el miedo a las reformas constitucionales y la diversidad del país?

Me cuesta entender cómo piensan la gran mayoría de guatemaltecos. Suelen ser alcahuetes con los peces grandes pero exigen mano dura con los peces pequeños, pena de muerte para los peones del ajedrez. Tanta gente que admira a personajes siniestros como Erwin Sperisen o Álvaro Arzú, quienes ya han demostrado que la violencia solo trae más violencia, que no hacen falta más capataces en la finca.

No recuerdo desde cuándo es que todo ha ido de mal en peor. Ya ni a maquillar las carreteras le han puesto atención. No digamos invertir en educación, salud o en construir la paz. Es vergonzoso que la pobreza extrema haya aumentado en todos los departamentos de Guatemala. Es espantoso que violenten a tantas niñas cada día. Es terrible ver como los portales se llenan de indigentes que no tienen donde dormir cada noche. Es patético que nos hayamos quedado sin servicio de correo. Es increíble que el Renap y el aeropuerto no funcionen.

Y aún así, cada día encuentro historias de guatemaltecos increíbles, de personajes que dejan el pellejo en el trabajo. Conozco tantas mujeres y hombres solidarios, responsables y coherentes con su discurso, que es gracias a ellos que yo tampoco me dejo vencer, y que siento que aunque parezca que vamos camino al abismo del Guatepeor, aún podemos construir una Guatemala en donde se pueda vivir. Y no perder esa esperanza, ya es de por sí un gran logro.

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