Martes 13 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Una necedad peligrosa

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda > lacajaboba@gmail.com
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La droga que más daño ocasiona en la población guatemalteca es cien por ciento permitida y destaca además como un importante rubro dentro la industria nacional: me refiero al alcohol.

Accidentes de tránsito, enfermedades físicas, trastornos psicológicos, violencia intrafamiliar, descuido de las obligaciones en el trabajo… la lista de taras es numerosa. El rango abarca todas las clases sociales. Somos millones de personas afectadas directa o indirectamente.

De cerca le siguen el azúcar (legal también, y muy importante para nuestra economía), el tabaco y la cocaína.

Puedo entender el impulso visceral de querer erradicar sustancias cuyo comercio y consumo acarrean flagelos de semejante envergadura. Sin embargo, la cruzada prohibicionista ha resultado ser un fracaso: los supuestos males que pretendían combatirse no han hecho más que agravarse, mientras crece la fortuna de cárteles que operan en contubernio con políticos, militares y policías.

Otros países han abordado el problema siguiendo criterios menos obtusos. Incluso Guatemala se animó a dar un salto en esa dirección: fue a principios del 2012, recién estrenado el gobierno anterior. La idea la propuso nuestro entonces embajador en Washington (F. Carrera, economista de sólida trayectoria), pero a falta de apoyos decisivos la iniciativa quedó sofocada con más pena que gloria en medio de agendas incompatibles, prioridades más urgentes, corrupción endémica, descalabro institucional y –last but not least– el veto férreo de Estados Unidos, principal obstáculo para que el mundo adopte maneras distintas y efectivas de combatir la drogadicción y el narcotráfico.

“Es hora de acabar con la guerra contra las drogas y de redirigir recursos masivamente hacia políticas efectivas basadas en evidencias, apuntaladas por un riguroso análisis”, empieza diciendo el informe de un grupo de expertos del prestigioso London School of Economics, entre cuyos signatarios figuran cinco premios Nobel.

¿Conclusiones? La erradicación total de la droga en el mundo es algo a todas luces inviable a estas alturas de la historia. Persistir en esa misma línea es una necedad peligrosa, contraproducente y poco realista.

¿Recomendaciones? Considerar el fenómeno ya no como un crimen sino como un asunto de salud pública. Fomentar el desarrollo integral de los países involucrados. Fortalecer los Estados. Proteger a la comunidad por encima del fallido ‘tolerancia cero’, típico de los gringos.

Ya sólo falta actuar en consecuencia… empezando por el Tío Sam, tan firme en su postura de trasladar a otros países el costo de los problemas ocasionados por el desenfreno de sus propios habitantes. Y aquí llegamos al quid del asunto: los chapines somos, junto con el resto de centroamericanos, el jamón de un sánguche perverso formado por la rodaja de abajo, América del Sur (donde la cocaína se produce y se exporta) y la rodaja de arriba, América del Norte (donde la cocaína se consume).

Somos región de paso para la droga y el dinero, pero es aquí donde queda la estela de sangre, las vidas segadas, la criminalización galopante, el colapso del sistema carcelario, las vastas porciones de territorio dejadas a merced del narco.

Más nos valdría plantárnosle al Gran Jefe. No estamos solos. El prohibicionismo es absurdo e insostenible.

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