Martes 25 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Humano, demasiado humano

Lado b

— Luis Aceituno
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Murió Rodolfo Kepfer. Hay una tristeza que trasciende el hecho de que éramos amigos y que por razones muy profundas yo le guardo un gran cariño y un infinito agradecimiento. Él era uno de los mejores hombres y una de las mejores mentes que yo he conocido en Guatemala. Más que humanista, humano, demasiado humano. Un intelectual que dedicó su vida a conocer este país desde sus entrañas mismas, desde su delirio, sus fobias, sus obsesiones, sus miedos, sus sicopatías. Desde su capacidad de odiar y destruir. Desde la locura. A pesar de todo, nunca perdió la fe en el ser humano y su capacidad natural para el amor, la solidaridad, la comprensión, para transformar la realidad, para salvarse. No le interesaba la estupidez, sino la inteligencia, ese último chispazo de entendimiento que pueden tener las personas para no caer en el abismo o en la barbarie. Supongo que a eso se aferraba para no tirarse por la ventana, porque la brutalidad, la insensatez, la crueldad, la atrocidad, las conoció muy de cerca. Impregnaron la época que le tocó vivir, el país en que le tocó nacer.

Lo conocí en uno de mis ciclos de desesperación y de tormento. Lo busqué porque él era siquiatra y yo necesitaba comprender cosas. Quién era yo y qué hacía aquí, por ejemplo. Rodolfo lo tomó con mucho sentido del humor, me dijo que me relajara y tomara las cosas con calma. Todo estaba bien y yo, por supuesto, no era el único atormentado que se paseaba por este mundo. Si contábamos con un mínimo de lucidez, todos éramos atormentados por naturaleza. El hombre es el único animal que se atormenta, al menos de esa manera tan histriónica y autodestructiva. Al final resultó que durante mucho tiempo ambos nos habíamos hecho más o menos las mismas preguntas y ya éramos lo suficientemente mayores como para saber que no tenían respuesta. Quizás el chiste estaba en plantearlas y no en contestarlas. Nació así una amistad intelectual bastante fuerte. Me recibía los viernes al final de su jornada y nos quedábamos platicando hasta bien entrada la noche. Fue un examen irónico y a veces doloroso del tiempo y el mundo que nos había tocado vivir, a partir de los recuerdos, el examen de conciencia y las batallas emprendidas y casi siempre perdidas. Me atrevo a decir, por ejemplo, que sostuvimos uno de los diálogos más chistosos, lúcidos y despiadados sobre el alcohol (y lo que este había significado en nuestras vidas) que se haya entablado en un consultorio siquiátrico. En la época, ya ambos éramos abstemios.

Como los dos éramos, además, lectores compulsivos, nos habíamos impuesto no hablar de libros durante las terapias. Así que al terminar, nos quedábamos todavía platicando en el parqueo del edificio donde estaba su consultorio sobre las novedades vistas o adquiridas en los días anteriores. En realidad, más que novedades, descubrimientos, lecturas que teníamos pendientes o que se nos habían pasado por completo, cosas así. Rodolfo había leído todo y de todo. Una vez para explicarle mis aprensiones frente a una situación concreta, le cité un capítulo de una rara y oscura novela sudamericana, creo que La Sinagoga de los iconoclastas de Wilcock. Él me sorprendió citándome de memoria párrafos enteros. Me preocupan esos libros que él leyó y juntó con tanta pasión, con tanta sed de conocimiento, con tanto amor en fin. Sé que lo van a extrañar, y mucho.

laceituno@elperiodico.com.gt

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