Domingo 18 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Y entonces llegó Fidel…

Lado b

— Luis Aceituno
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Escribir sobre Fidel Castro es como cuando la maestra te ponía a redactar una composición sobre tu personaje histórico favorito. ¿Es Fidel mi personaje histórico favorito? No necesariamente, aunque sí uno de los más presentes en mi historia personal y en la historia del mundo que me ha tocado vivir. Cuando las tropas revolucionarias cubanas tomaron el poder, el 1 de enero de 1959, yo tenía pocos meses de nacido, y no tenía, por supuesto, ni la más remota idea de lo definitivo que iba ser este hecho en mi vida. Todo empezó con aquello de que en Cuba convertían a los niños en jabón, sobre todo a los que no se tomaban la leche y, durante algún tiempo, lavarse la cara y las manos, bañarse, se convirtieron para mí en actos bastantes inquietantes. Luego vinieron las fotos de la revista Life, tipos rudos y barbados, vestidos con ropas de campaña, movilizando a las multitudes, internándose en la selva o en el monte. Una fatal amenaza para nuestras vidas grises y provincianas de clase media más o menos acomodada. El principal problema, según comprendí en aquella lejana época, es que era gente que no creía en Dios y quería apoderarse del mundo para convertirnos a todos en herejes y pecadores.

Para una sociedad de castas y enraizada en el anticomunismo radical como única manera de concebir el mundo, Fidel era el monstruo que amenazaba las frágiles estructuras en que se sostenían el régimen y nuestras existencias mismas. Las guarderías, la educación pública, los programas de alfabetización y sanidad, no eran políticas para sacar a la población del subdesarrollo y el atraso, sino estrategias perversas para lavarles el cerebro a niños y adultos y convertirlos al ateísmo y a la maldad. Así de ilustrada, conceptual y profunda era la discusión en torno a la revolución cubana en aquella Guatemala que se enorgullecía de pertenecer al mundo libre, al lado bueno de la fuerza. De acuerdo, vivíamos una dictadura militar que producía más muertos que las revoluciones y las guerras declaradas, pero teníamos el consumo y la libertad de escoger. Por muy negras que pudieran ir las cosas, teníamos el consuelo de las hamburguesas, los electrodomésticos y los pantalones vaqueros… En Cuba, me decían algunos amigos al borde del dramatismo, la gente estaba dispuesta a cualquier cosa, a las situaciones más humillantes, con tal de obtener unos jeans…

Mi relación con Fidel ha sido una relación atormentada y supongo que tiene la consistencia de las relaciones que puedo tener con los dioses griegos o con los dramaturgos isabelinos, es decir puramente simbólica. Defiendo muchas de las ideas, no todas, de las cuales él ha sido el principal referente en América Latina. Mi dilema con la revolución y el régimen cubano ha sido el autoritarismo. No comulgo con ello y ha sido la principal razón de mi disidencia hacia cualquier tipo de izquierda oficial. Por otra parte está la literatura. Libros que se leen con absoluta pasión. Tres tristes tigres de Cabrera Infante es uno de los sustentos de todo lo que escribo. Memorias del subdesarrollo de Desnoes es la novela que a mí me hubiera gustado escribir. Y Lezama Lima y Virgilio Piñera y Alejo Carpentier, por mencionar solo a los clásicos, y el cine, y ¡la música!… Mi relación con Cuba y Fidel pasa por todo esto, algo demasiado ligado a una historia propia, confusa y contradictoria…

laceituno@elperiódico.com.gt

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