Sábado 20 DE Abril DE 2019
La Columna

Un empresario más

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

Sabemos que hay drogas legales y que hay drogas ilegales, pero no nos quedan claros los motivos. La frontera que divide lo supuestamente “bueno” de lo presuntamente “malo” resulta de lo más arbitraria. ¿A qué se debe que algunas de ellas desaten una prohibición escandalosa, mientras que el consumo de otras no sólo es permitido, sino incluso fomentado por gobiernos y sociedades?

Vigente aún, por imposición de Estados Unidos, la cruzada antidrogas es un contrasentido: no sólo ha dado pie a que se agraven los supuestos males que pretendían combatirse sino ha propiciado la corrupción de políticos, militares y policías que operan en contubernio con los cárteles mafiosos, forrándose todos de dinero.

En Guatemala se producen tres drogas legales: alcohol, café y azúcar. Súmesele a ellas las fabricadas localmente por la industria farmacéutica.

Ignoro si sobre los hongos alucinógenos recae alguna prohibición expresa, pero sí sé que hay registros en estas tierras que dan cuenta de su uso ritual desde tiempos precolombinos. Asimismo el tilo, la valeriana, la pasiflora, el chipilín, la lechuga, la cáscara de banano, la florifundia y otras plantas se emplean sin restricciones para calmar la ansiedad y combatir el insomnio.

De manera clandestina se cultiva la marihuana (para consumo interno) y la amapola (trasegada a laboratorios en México, donde luego la convierten en heroína), y existe un creciente negocio sumergido de tachas elaboradas sobre todo a base de metanfetamina –obtenida a partir de precursores químicos que ingresan de contrabando al país.

Pero el mayor flagelo lo ocasiona la coca, sustancia por la que resultamos pagando aquí los excesos de los gringos, a quienes les encanta atiborrarse las narices con ella. Somos el puente por el que pasa alrededor del 70% de la cocaína producida en los países de América del Sur con rumbo a su destinación final, allá en el Norte. Menos del 1% de ese “polvo blanco que no es harina” es pago en especie y se queda acá entre los chapines, según cifras oficiales.

¿Cuántos ajustes de cuentas, cuántas desgarradoras muertes, cuántas balaceras de película nos ahorraríamos encarando el problema de un modo más realista, más sensato y más justo? ¿Cuántas viudas, cuántos huérfanos? ¿Cuántos adictos de medio pelo recibirían tratamiento médico en vez de pudrirse en cárceles infames, auténticas escuelas del vicio y del crimen?

Más todavía: ¿Por qué continuar abonando a la cuenta del dolor y del luto mientras el Tío Sam, gran sheriff del mundo, protege intereses espurios, exhibe su moral de doble rasero y nos dicta desde arriba lo que debemos hacer y lo que no? ¿Qué rumbo tomará el país de las barras y las estrellas ahora que lo presida ese bocón idiota con cultura de orangután y modales de ruletero? ¿Vamos a seguir obedeciendo los designios de la sinrazón?

La alternativa pasa por entender al narcotraficante no como el enemigo a derrotar (inútil combatir semejante poderío) sino como un agente comercial más. Incorporarlo a la economía formal. Admitirlo como el empresario que es.

Claro que el narco no es ningún santo. Tampoco lo es el capitalista tradicional, y vaya si nos lo ha demostrado el MP y la CICIG. Pringados y podridos, igual, los bancos (de Guate, tanto como de EEUU) que lavan el dinero.

Basta, pues, de hacernos los tontos. Es hora de agarrar al toro por los cuernos.

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