Sábado 19 DE Octubre DE 2019
La Columna

El contenedor

buscando a syd

Fecha de publicación: 24-11-16
Por: Maurice Echeverría

El otro día publiqué una columna de veta moralizadora (hélas, una veta que me persigue) sobre la importancia de comprometerse con algo, y ponía el ejemplo del escritor que en algún momento dado tiene que elegir un camino creativo y seguirlo a profundidad, o nunca conseguirá autointegrarse. Si me lo permiten, es algo de lo cual quisiera continuar hablando en la presente.

Lo veo muy claro conmigo. Cuando empecé a escribir, mi visión era escribir de todo. O sea convertirme en un 4X4 de la literatura. Y así fue: transité todos los géneros y redacté en todas las direcciones. Con lo cual se dio un interjuego de posibilidades retóricas  muy divertido y exultante. El problema es que nunca logré armar un contenedor sólido, pues entre tanto proyecto y tanta búsqueda la cosa se terminó dispersando en plurales itinerarios, algunos interesantes, pero ninguna carretera mayor.

Está sujeto a discusión, pero yo creo que la orientación concreta y sin intervalo es tu mejor aliada para hacer algo significativo, literariamente hablando, sobre todo cuando no sos un escritor de tiempo completo.

¿Y qué hay de todos esos grandes escritores que han cultivado toda suerte de movimientos, pregunta alguien? Pues sí. Por eso son grandes. Tienen ese alcance, esa capacidad de dotar a su obra, por muy diversa que sea, de un mismo espíritu magno, cohesivo y creador.

Pero no todos poseemos semejante calibre.

En tal sentido, no me parece demasiado idiota elegir un estilo, un género, un proyecto, una topología escritural determinada, y dentro de eso ya desarrollarse.

¿Cómo escoger a dónde ir? Bueno, hay criterios pragmáticos, pero más que nada la cosa está en responder a nuestra propia autenticidad. Además, no hay mejor forma de honrar al lector.  Como bien dijo Polonio a Laertes: “Sé fiel a ti mismo y de eso seguirá, como la noche al día, que no podrás ser falso con nadie”.

Por supuesto, una frase como esa atrae toda suerte de preguntas difíciles: ¿qué es ser fiel a uno mismo?; ¿y qué pasa si ser fiel a uno mismo es ser fiel a muchas cosas, si contengo multitudes, en plan Whitman? Sea. Pero en todo caso, lo valioso aquí es que ya estamos moviéndonos dentro de un enfoque unitivo y sinergizante. Cuando asumimos espiritual y operativamente una identidad literaria, terminamos con una obra hecha, en el sentido más poderoso de la palabra.

El riesgo obvio sería producir un cinturón de castidad, una maniobra verbal anquilosada. ¿De qué sirve hacer algo incluso bien definido pero sin corazón o tracción poética, muy resuelto pero sin salidas imaginativas?

Tenemos que asegurarnos que nuestra obra siempre tenga y obtenga frescura e inspiración. Entiéndase: sostener a toda costa el contenedor, pero sin caer en una suerte de endogamia o parálisis reclusiva. En ello está la importancia de mantener la pasión por la otredad literaria, la apertura y la fluidez orgánica. El talento, podría entonces decirse, está en nuestra capacidad de crear algo muy delimitado y visible, pero que respire, que tenga poros.