Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Noviembre

Ayer

— María Elena Schlesinger
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En Guatemala, noviembre es el mes del paso furtivo de los azacuanes, esas aves migratorias muy feas y de ojos saltones, que vuelan muy alto y en círculo en su camino de ruta a las tierras cálidas del sur, aves que traen y se llevan la lluvia según el saber popular.

También es el mes de los temblores, por aquello del cambio del clima, y quizás por el recuerdo de ese noviembre movido y turbulento de 1917, preámbulo al terremoto que se sucedió un mes y medio después.

El sábado 17 de noviembre de 1917 tembló fuertísimo en la ciudad de Guatemala y en los alrededores del lago de Amatitlán, Morán, Villanueva y en La Antigua. Pasada la media noche, la ciudad estaba ya dormida cuando violentos temblores comenzaron a sacudir la tierra, dejando a la población en alerta y en rezo. Fue aquella noche, ya en la calle, cuando el abuelo dijo que al día siguiente llegaría Justo Vásquez a colocar aldabas en las paredes para amarrar con mecates los armarios de la casa. “Con estos temblores, dijo, mejor será no morir aplastados como ratas debajo de algún armario, y volvió a meterse a su cama, diciendo que ni un terremoto lo volvería a sacar de su cama. Realmente nunca se imaginó lo que le esperaba…

Un nuevo sismo volvió a sacudir la tierra esa noche. Los más viejitos, los más ancianos, vecinos del barrio de la Parroquia Vieja, San José y el Cerrito se recordaban con pelos y señales de lo que les habían contado a ellos sus padres, aquel mal augurio que, cuando destruyeran el Palacio del Ayuntamiento, en donde estaba la capilla con el óleo gigante de Jesús del Pensamiento, la ciudad de Guatemala viviría un cataclismo. “Todo coincide”, comentaban en la calle, ya que Estrada Cabrera recién había ordenado su demolición.

En noviembre de 1917 los temblores arreciaron de tal forma que el Presidente suspendió sus emblemáticas Minervalias, festividades muy celebradas y de fama entonces, destinadas a rendir homenaje a la juventud estudiosa del país, por lo cual, para prevenir cualquier eventualidad con los cientos de niños y jóvenes que se reunían anualmente en el Templo de Minerva para realizar la actividad. Y como suele suceder en los reinos en donde impera el realismo mágico, los malos augurios de los ancianos se cumplieron a cabalidad a la media noche del 24 de diciembre del 17, cuando un fuertísimo sismo dejó por los suelos a la antañona ciudad capital.

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