Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
La Columna

Vallejo en los infiernos

Viaje al centro de los libros

— Méndez Vides
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El escritor González Viaña es autor de la novela biográfica Vallejo en los infiernos, obra realmente conmovedora sobre los días en prisión del poeta César Vallejo. La novela relata la tragedia vivencial del más grande sudamericano del siglo XX, quien murió en “París con aguacero”.

La narración está repleta de oscuridad, de fuego, de puertas que se abren y cierran, de pasos, y está montada sobre una estructura dual, en lo sensible se funda en los hondos poemas de Trilce, escritos en sus días en prisión, y en lo histórico, en el expediente judicial del proceso legal. El protagonista es Vallejo, pero también lo es su salvador, el filósofo Antenor Orrego, maestro del poeta y de Haya de la Torre, que fue autor del prólogo de Trilce, promotor y protector de Vallejo, a quien cedió su espacio en la balsa de salvación, sacrificando su propia vida para dar oportunidad al genio, para que fuera reconocido por el mundo y completara la obra excepcional. A su noble sacrificio debemos los Poemas humanos y España aparta de mí este cáliz. El filósofo tenía listo un pasaje en barco para marcharse a Francia, pero lo cedió a Vallejo para salvarlo. Él pagó su decisión con 15 años en la cárcel, en el Infierno. Vallejo se fugó estando en libertad condicional, el 17 de junio de 1923 en el barco Oroya, porque: “Salir del Perú era escapar de los infiernos”.

Y Orrego fue también maestro del autor de la novela biográfica, el narrador Eduardo González Viaña quien aparece como protagonista implícito y explícito, a quien contó en los tiempos del grupo literario Trilce la historia y lo conminó a escribirla, y quizá quien lo impulsó a salir del Infierno. Eduardo recitaba de niño, en italiano, La Divina Comedia a su abuelo, y es amante de los libros en francés, y ha vivido un cuarto de siglo entre neblina en el mundo anglo, pero su idioma materno es el español y eligió voluntariamente el de Vallejo, porque “a los mejores no les basta con inventar frases. Construyen nuevas palabras. Les ofrecen otros sentidos a las existentes”. Vallejo inventó otro idioma, con la memoria auditiva de los ecos de la sierra del Tihuantisuyo, y González Viaña lo comprendió, lo hizo suyo y lo ha llevado al ámbito de la novela. Las reflexiones son jugosas, porque en realidad hablan de la experiencia propia del autor, de su idea del destino: “un conjunto limitado de cartas. Seis o siete” que se reciben en la juventud y se van revolviendo a lo largo de toda la vida.

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