Martes 18 DE Junio DE 2019
La Columna

La campana de cristal

Viaje al centro de los libros

Fecha de publicación: 08-11-16
Por: Méndez Vides

Sylvia Plath (1032 – 1963) perdió a su padre a los ocho años de edad, trauma del que no se recuperará jamás, y fue entonces cuando escribió su primer poema. Escribió desesperada desde el principio, persiguió la perfección en vano, sintiéndose presa en un mundo que le parecía extraño, rondando los linderos de la locura. En su primer año de universidad intenta suicidarse tomando pastillas para dormir, locura que la conduce a los analistas, psiquiatras y tormentos del mundo moderno, infierno que describirá más tarde en su asombrosa novela autobiográfica La campana de cristal, que publicó bajo el seudónimo de Victoria Lucas.

En esta conmovedora novela, la escritora elaboró un retrato pesimista de sí misma: “un horrible, concreto testimonio de mi propia naturaleza inmunda”. La realidad es percibida como repugnante, busca en las personas comunes las señas de la vulgaridad, lo resume todo en vómitos repentinos y se retrata a sí misma como físicamente inferior. El narrador es mujer, llena de sensibilidad, aguda, inteligente, y el relato está repleto de los olores de la comida y de perfumes. Gran constructora de historias, va contando lo que ve mientras la historia se forma al fondo. Nos enfrenta a su percepción del mundo tras los tratamientos, electroshocks y la ayuda ineficaz de los psiquiatras. Lo único claro en su mente es el suicidio: “En Japón entendían las cosas del espíritu. Cuando algo les salía mal se arrancaban las entrañas”. A la protagonista la atormenta esa extraña fascinación por la muerte voluntaria, y más adelante opta por dicho camino para resolver su vida insoportable, pero no se conforma con matar su cuerpo, sino quiere liquidar también su alma. Tiene miedo a sobrevivir, aunque: “Debería haber, pensé, un ritual para nacer dos veces: remendada, reparada y con el visto bueno para volver a la carretera”.

Cuando la autora tenía 30 años residía en Londres, en un pequeño apartamento con sus dos hijos. El invierno se anunciaba particularmente frío cuando Sylvia se descubrió resfriada y sin dinero, entonces se acobardó porque no aguantó la presión, y se suicidó abriendo las llaves de gas de la estufa. Se ahogó con su obra aún inédita, quizá pensando en Virginia Woolf, sin saber que décadas más tarde se volvería tan popular  por sus poemas, el mito y este raro testimonio de lo que representó la locura de vivir en pleno siglo XX.