Jueves 16 DE Julio DE 2020
La Columna

Noche de fantasmas, olvido y polvo

Lado b

Fecha de publicación: 01-11-16
Por: Luis Aceituno

Vivimos una época en Guatemala en que les tememos más a los vivos que a los muertos. No siempre fue así, antes los fantasmas, por folclóricos que fueran, en verdad causaban pavor. Es decir, regresar a medianoche a casa y encontrarse, de repente, a La Llorona aullando por sus hijos en una esquina, era una experiencia sobrenatural, de la que muy pocos regresaban para contarla. El terror paralizaba y la sensación podía ser tan radical, que te desintegrabas ahí mismo. “Son historias de bolos”, decía mi abuela. A ninguna persona decente, de las que a las 10 ya están acostadas, podía sucederle algo similar. A mí jamás me ha sucedido y eso que rara vez he guardado la corrección y las maneras. Mujeres y hombres vestidos de negro, procesiones fantasmales a las tres de la madrugada, seres diminutos con bigote y con sombrero, perros con ojos de fuego, muchachas de belleza espectacular con cara de caballo, espectros, delirios, que nos acechan desde tiempos inmemoriales. Que no nos dejan vivir en paz. Demasiadas cuentas pendientes con el pasado, digo yo.

Durante las dictaduras militares, la noche fue el territorio de la transgresión y del terror. Del toque de queda. De la oscuridad surgían presencias que deambulan por las calles reclamando venganza, la ira divina sobre ciudades sepultadas en el silencio. “Tengo los muertos todos aquí,/ ¿quién quiere que se los muestre?/ Unos hincados, otros de pie,/ todos muertos para siempre./ Elija usted en cuál de esas muertes/ se puso a llorar”, cantaba Charly García, allá por los años setenta, mientras nosotros nos perdíamos en las sombras esquivando policías judiciales. El miedo era una experiencia concreta, un bodoque negro atrapado en la garganta. Los espectros se dibujaban en las paredes. “Bailen las viudas/ vuelen los velos negros al infinito./ Caigan las balas sanas aquí,/ que las otras se harán gritos./ Algo anda mal, señor,/ ¿qué es eso rojo en su pantalón?”.

El general Ubico deambula aún por los corredores del Palacio Nacional, fumando Chesterfields. No duerme porque lo atacan las pesadillas. Se despierta sudoroso y dando de gritos a mitad de la noche, porque ladrones, poetas y comunistas han invadido el recinto y quieren cortarle la cabeza. Es por eso que tiene un garrote y acecha detrás de todas las puertas. Todos los presidentes, todos los poderosos, le temen y le rinden pleitesía. Le rezan novenas y construyen pasos a desnivel con su nombre. Temen que los mendigos de la Catedral, los mismos que mataron al Hombre de la Mulita, se amotinen y los golpeen con los costales donde guardan sus tesoros y sus miserias, la basura que les fue dejando la modernidad.

De aquí a cien años, ¿quiénes serán nuestros fantasmas? ¿Quiénes acecharán desde las sombras? ¿Quiénes nos asustarán en calles y cementerios? ¿Quiénes deambularán por los corredores del Palacio esperando la venganza de las turbas? ¿Quién nos atormentará en medio del insomnio? ¿Por quiénes aullará La Llorona? ¿A quién seducirá La Siguanaba? ¿Por qué cabellera penará El Sombrerón? ¿A quiénes nos guardará El Cadejo? ¿Quién se acordará de nosotros cuando ya solo seamos olvido y polvo?