Viernes 23 DE Agosto DE 2019
La Columna

Ana María Schlesinger

SOBREMESA

Fecha de publicación: 31-10-16
Por: María Elena Schlesinger

No era aún mediodía cuando escuché a mi padre gritar como si lo estuvieran despellejando vivo. Fue un grito fuerte, que le salía de las entrañas, como de animal desgarrado y salvaje. Luego vino un sollozo muy largo.

Nunca lo había oído gritar así. Quizás alguna vez, cuando lo asustaban sus propios sueños, sus espantos, en pesadillas que terminaban siempre en gritos de pánico que despertaban a todos en la casa.

Luego llegó el anuncio del suceso, los escasísimos detalles, la noticia como puñal en la espalda: “Abuelo, mi mamá acaba de morir mientras le realizaban un examen médico”, fue lo único que alcanzó a entender, pues luego su cerebro quedó hueco y silente.

Salió del pequeño cubículo de su oficina, y de entre sus gritos yo logré descifrar: “murió Ana, murió Anita”. Cuando bajé las gradas, contemplé a mi padre dando vueltas por el corredor. Sus gritos se habían convertido en gemidos y a cada poco se limpiaba los mocos y las lágrimas con un pañuelo blanco y estrujado que llevaba guardado en el bolsillo de su pantalón. Los canarios cantaban, impertinentes, sin percatarse de lo que estaba pasando.

Mi padre la llamó siempre Anita o Nena, y fue la mayor de los seis hijos. Siempre se sintió orgulloso de su hija por su lucidez, abnegada obediencia, su fe y de su aura transparente y limpia que rodeaba su alma. Nunca replicó ni preguntó, por ejemplo, por qué debía dejar las clases de piano que tanto le gustaban.

Ana fue la hija de sus años jóvenes, su estreno como padre, imagen que guardo en una instantánea fotográfica que conservo: ella sentadita en sus piernas, con una inmensa moña con forma de mariposa adornándole el cabello, ambos atentos, frente a un viejo radio de madera en forma de capilla, seguramente, escuchando en la TGW las increíbles hazañas de Mamá Corina.

Muchas veces escuché contar en casa la historia de cuando siendo una niña, Ana, se hizo acreedora de un premio de cinco quetzales en una rifa de la iglesia San Francisco. Tomó el billete y acudió a la tienda de los chinos, allí le compró a mi padre media docena de camisetas, pues las suyas estaban ya gastadas y agujereadas. Corrían los tiempos precarios y de limitaciones de la Segunda Guerra Mundial.

Aquel 17 de octubre de 1983 lo recuerdo como el día cuando aprendí el sentido y el dolor que trae la muerte.

Ana fue mi hermana mayor, ese espejo misterioso y complementario de una segunda madre, pues me llevaba 24 años. De niña viví largas temporadas en su casa y muchas veces, con el atrevimiento que otorga el amor profundo y la confianza, abría con sigilo en la madrugada la puerta de su dormitorio aterrada por algún mal sueño o angustia, e iba a refugiarme entre sus brazos, unidas por ese vínculo de amor y complicidad de quienes comparten lazos filiales.

Octubre es el mes de su aniversario de su partida y de los preparativos del fiambre; época para recordar y celebrar el recuerdo de los seres queridos que han partido, y entonces se me aparece Ana, delgada, vestida con shorts blancos y blusa de manga corta y rayitas, abrazando a sus hijos en una banca de Amatitlán y, yo de colada, su hermana menor. En este Día de los Santos celebraré de forma festiva, la memoria de quienes como Ana, marcaron mi vida con su huella amorosa.