Martes 20 DE Noviembre DE 2018
La Columna

Conservador (4)

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda
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A mediados de septiembre fui bloqueado, por segunda vez, del puñetero facebook. El motivo, imagino yo, es que hace años, al (re) abrir la cuenta puse como fecha de nacimiento el 1 de enero de 1901. Supongo que no me creyeron: por último recibí una notificación en la que me pedían el escán de alguno de mis documentos de identidad y –por supuesto– dije nel. ¡Puta!, ya ni que fueran chontes.

¿Que cómo me siento? Echo de menos el contacto con ese géiser vertiginoso e inabarcable (en parte factual, en parte embuste) llamado ‘actualidad’, el acceso directo a tan variadas fuentes de información y el intercambio ágil con gente a la que tengo lejos; pero reconozco también que desde entonces vivo mucho más tranquilo: dejé atrás aquel apremio maldito de querer estar en todo y el tiempo ahora parece transcurrir a otra velocidad. Perdí sintonía, pero recuperé el enfoque. Volví a probar el sabor de saber que no sé nada.

Caí tarde (2011) en la trampa de las redes sociales, y lo hice a regañadientes. Objetaba entonces, y seguí objetando hasta el final, el cederle mi intimidad a desconocidos: estar en facebook es como estar en una sala sin paredes, atendiendo tertulias babélicas, infructuosas por lo general. Una sala abierta, repleta de egos en crisis de notoriedad y bribones chocarreros pasándose de listos y rancios fiscalizadores de la moral ajena y tarados que creen que una opinión vale lo mismo que un argumento y multitudes voyeristas que no dicen nada –aunque todo lo
contemplan.

Simulacros de comunicación entre ‘amigos’ que no necesariamente son amigos, y cuya búsqueda principal tiene que ver con el vacío de afecto más que con la sed de entendimiento. Espejos delante de espejos para el regodeo de miserables narcisos. Tribunas saboteadas por la vanidad… y por algoritmos matemáticos que deciden por uno, filtrando lo que veremos primero, lo que veremos después y lo que no hemos de ver nunca.

Una vez más observo lo conservador que me he vuelto a estas alturas del partido, defendiendo extravagancias como el derecho a la intimidad en un mundo deslumbrado con la idea de figurar a cualquier precio; blandiendo valores obsoletos como la honestidad (en pugna con la todopoderosa dictadura del like) y la modestia (a contrapelo del machacante
autobombo).

No me quejo. Ahí tengo abierta, todavía, la cuenta del twitter. La uso poco, renegando de su carácter efímero: escribir ahí se me hace lo más parecido a escribir por resignación. Bucle infinito de conatos, de abortos, cada tentativa es sepultada inmediatamente por la montaña de voces mudas que vienen cayendo después, desvaneciéndose en el acto mismo de nacer, como pedos en hamaca. Pero al menos el umbral de la censura es mucho más laxo en com-paración.

El efecto de toda tecnología nueva –observaba M. McLuhan– es la ansiedad. Más adelante sobreviene el aburrimiento.

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